El collado encantado de Bilbao (Barrio de San Francisco)


El collado encantado de Bilbao

Por:Kike Gómez

Al acercarse con el coche parece una maqueta ferroviaria o una ciudad de muñecas. Llegando a Bilbao, ya sea de día o de noche, se tiene la sensación de poder manejar a su antojo cualquiera de los edificios y personajes que caminan por sus calles.
El “bocho”, como la llaman los oriundos del lugar, parece quedar al descubierto a merced de cualquiera que la otee desde un lugar elevado. Cada uno de sus rincones permanecen a disposición del curioso que esté dispuesto a jugar con ella. Ese es el encanto de esta ciudad: La puedes hacer tuya sin haberla pisado, solamente observándola desde unos metros de distancia.

Sería demasiado sencillo terminar de describir así a una ciudad, pero para el visitante o paseante ocasional le puede valer esta pequeña descripción. De todas formas, como en todos los lugares del planeta, siempre existe un lugar tabú, para cada uno, que nos reserva sorpresas e incluso imágenes inconcebibles dentro de las fronteras que el contexto estereotipado nos exige; un lugar maldito en el que los más jóvenes no se permiten ni siquiera hablar de él y en ningún caso se consentirán posar un pié en las calles de ese lugar. Es el bosque encantado de la ciudad, en el que no faltan ni los fantasmas, ni los asaltadores, ni las fábulas… Es un terreno prohibido.
En todas las ciudades existen esos nidos de leyendas construidos con más o menos veracidad. Bilbao por su parte, posee ese escenario prohibido en el Casco viejo, más concretamente en el barrio de San Francisco o Bilbao la vieja. Un espacio que aparece camuflado bajo las construcciones bohemias de la ciudad: casas antiguas de estilo arquitectónico francés que en su momento albergaron los momentos más floridos, alegres y divertidos de la noche bilbaína. Todo el mundo hablaba de ese barrio e incluso presumían de tener las mejores prostitutas de todo el país. Pero con la llegada de los setenta, irrumpieron también, en masa, las drogas y los problemas adheridos a ellas con lo que se empezó a dibujar un jardín frondoso que taponó la entrada, para los más precavidos y sobretodo para los más jóvenes, a esta parte lindante al centro financiero de la ciudad.
Los años siguieron pasando y “Sanfran” quedó a la vista de todos como un viejo barrio selecto en su época de decadencia.
Los jóvenes se olvidaron de esa zona y el ayuntamiento también. Las subvenciones de las que esa parte de la ciudad se hubo servido gracias al gran caudal económico que generaba, dejaron de posarse en sus calles para desplazarse unos metros más hacia el noroeste, hacia el barrio de Indautxu, donde las ayudas al barrio generarían aún más riqueza de la que ya daba de por sí, en una ciudad que quería modernizarse.

Las vías del tren por un lado, las minas de Miribilla y la ría del Nervión enmarcan el asilamiento en el que se ha sumido el barrio. Pero no sólo los accidentes geográficos o urbanísticos son los causantes del recelo de los antiguos vecinos de Bilbao respecto a esa parte de la ciudad. Durante años los periódicos locales llenaron sus páginas con conflictos que se generaban en las calles de este barrio. Las drogas, la prostitución, ajustes de cuentas, robos de carteristas… Un sinfín de problemas que se concentraban principalmente en dos calles: Cortes y San Francisco. Hoy en día, ese pequeño y antiguo espacio de la ciudad, en muchos casos de acceso prohibido, mantiene en una escala mucho menor esa problemática. Pero para la gente su percepción del barrio no ha cambiado, permanece desconocido para las nuevas generaciones donde las cosas ya no son las que eran, ni para bien ni para mal. El barrio es diferente. Si se pregunta, hay cientos de jóvenes, menores de 20 años, que nunca han pisado esa parte de la ciudad. Sus alrededores y barrios colindantes han quedado reservados para las nuevas familias de jóvenes, en busca de pisos más baratos y espaciosos que los que se ofertan en el centro o zonas más prestigiosas; y para los estudiantes que vienen de fuera, a una de las dos universidades que ofrece la ciudad. De hecho, la universidad pública (UPV-EHU), ha colocado una residencia para estudiantes en la calle Cortes, una de las calles que delimitaban el corazón de la conflictividad, en un intento de lavar su imagen.
La universidad pública no ha sido la única, en el intento de mejorar la percepción del barrio, el ayuntamiento ha colocado una nueva comisaría redoblando el número de agentes en el barrio y ha dotado de un dispositivo de video-vigilancia en varias de las calles más importantes, siguiendo los ejemplos de otras ciudades como Madrid. “Nadie quiere ir por la calle y que le roben la cartera, ni que le asalten en casa, ni que alguien le saque la navaja y mucho menos una pistola”. Afirma Iñaki Azkuña, alcalde de Bilbao para defender las medidas adoptadas.
Esas declaraciones pueden sonar adecuadas y las medidas tomadas satisfactorias e incluso insuficientes para algunos grupos de vecinos, pero para quien no viva allí pueden llevar a confusión.
El barrio desde hace unos siete u ocho años ha sufrido su enésima transformación. El barrio se ha convertido en el punto de encuentro para miles de culturas, etnias y religiones diferentes, intentando alejarse de los problemas, sobre todo económicos, de sus países de origen. Llegan atraídos por la imagen de opulencia que se les da de España a través de los medios de comunicación de Marruecos, Congo, Ghana o Rumania, por citar algunos ejemplos. El barrio se ha convertido en su refugio donde siempre pueden encontrar a alguien con el que compartir su mismo problema. Llegan solos en la mayor parte de los casos, y muchos vienen sin conocer la lengua (Ni castellano, y mucho menos, euskera), en busca de una oportunidad para trabajar. Se conocen en asociaciones que surgen cada vez más y de muy diversas nacionalidades. Alquilan locales donde se reúnen, leen y comentan acerca de sus países y por supuesto donde no falta una taza de té para cualquiera que entre por la puerta. Además les ofrecen Internet para que puedan mantener mayor contacto con sus familiares. En la biblioteca Pública de San Francisco, situada en la plaza del corazón de María, se ofertan periódicos de más de sesenta países. Este es otro lugar de encuentro y desahogo.
Quizá no lleguen a ser amigos como dice Alid, un chaval marroquí de veinte años que vive en la calle, llegó a Bilbao desde Madrid donde perdió su empleo. “Nos hacemos compañía pero no puedo decir que sean amigos. Conocidos de hola y adiós”, pero la distancia con respecto a sus hogares se reduce con ese mínimo apoyo que quizá sirva para salir de una mala situación, aunque “aquí cada uno mira por su propio bien” dice Alid.

El fenómeno de la inmigración tal y como lo conocemos hoy en día, empezó hace unos diez años. España era uno de los países receptores por su auge económico en el sector de la construcción. El barrio de San Francisco estaba por entonces en el más absoluto abandono. El precio de los pisos estaban por los suelos y muchos de los propietarios estaban ansiosos por quitarse una carga de encima en el momento en el que la especulación y al atropello inmobiliario estaban en su cima. Muchos de estos propietarios vinieron la salida del túnel en los inmigrantes que llegaban con ansias de ganarse la vida sin saber en absoluto donde se metían; y si lo sabían, no les quedaba otro remedio que procurar minimizar sus gastos. De ahí que San Francisco fuese su primera opción para intentar crear su nuevo hogar. Es importante matizar que todos ellos llegaron mucho después de que la droga cubriese la imagen del barrio con profundos matorrales.
“La gente occidental tiene un gran cacao en la cabeza con respecto a la religión musulmana o el Islam”. Dice Iñaki Vicente, encargado de la Mezquita Assalam de Bilbao. “Relacionan conceptos propios de la religión y otros muy peligrosos como las drogas, inmigración y terrorismo”, Explica.

Pasear por las calles del casco viejo de Bilbao es estar inmerso en la cocina del mundo donde se entremezclan infinidad de olores, sabores y colores inconfundibles que pertenecen a un raudal de etnias, razas y culturas. Desde el año 2003, el número de inmigrantes se ha triplicado, sin contar con los sin papeles que viven allí. El número de comercios también lo ha hecho, pero todos en la misma dirección. “Si ven que una frutería va bien, se abren diez fruterías; si ven que una peluquería va bien, otras diez y así con todo…” razona Iñaki Vicente sonriéndome detrás de su larga barba canosa, después de explicarme los motivos de su conversión al Islam, a sus aproximadamente cincuenta y muchos años.

Calles como la de San Francisco o la del 2 de Mayo se pueden usar como una máquina del tiempo, en la que viajar a los países más exóticos de África, Asia o Europa del este se logra en unos pocos minutos.
Todos los bajos comerciales de las calles de esta zona están ocupados por restaurantes, peluquerías, locutorios, cafeterías… El colorido es espectacular: ropas, turbantes, alimentos, fruta… al igual que el trasiego de gente y el número de idiomas que se escuchan. En un principio cuesta no colapsarse ante tanta diversidad; pero como ellos, tú eres un extraño más dentro de ese reducto que ellos han elegido para vivir. Si esas nuevas generaciones españolas que han nacido en los barrios de estas nuevas ciudades que se crean a base de trabajadores y no de ciudadanos, quieren saber que es lo que era un barrio en la época de sus padres o sus abuelos, merece la pena pasear por allí.
La cara de los comerciantes es alegre, como la de Richard Lukombo y su mujer “Muomi”, procedentes del Congo y encargados de una frutería con productos africanos. Siempre están dispuestos a atenderte y cuando ven, desde sus sillas de mimbre, una cara occidental asomarse a su tienda; después de la primera mirada de temor y desconfianza, tras los varapalos sufridos, se abren y te muestran su mejor sonrisa encantados de que haya gente que les trate de una manera cordial y agradable en un país que consideran que no es el suyo. Lukombo acepta ser fotografiado pero con una condición, “sales tú también” me ordena con sus gruesos dedos desgastados; después me informa con un torpe castellano y como presidente de la Asociación de asistencia escolar y cultural para el Congo «Los amigos del mundo entero», acerca de unos proyectos para el mundial de fútbol en Sudáfrica “todo lo tengo en la cabeza”, se ríe mostrando sus blancos incisivos.
En muchas ocasiones uno puede ir a cortarse el pelo a una peluquería que lleve en la esquina toda la vida y en ningún momento de las cien que ha ido a entrado, el dueño ha sido capaz de mostrar el color de sus dientes, aquí es al contrario en todas las ocasiones. Es agradable ver como la gente hace su trabajo con alegría y con soltura a pesar de las dificultades que haya tenido que sortear para hacerlo y seguir haciéndolo.
Sin embargo cuando se intenta indagar un poco en su vida, se muestran reticentes a cualquier pregunta que tenga que ver con su adaptación a la ciudad “todo muy bien” responderán al unísono, a la vez que rechazarán las fotografías si no les da permiso su jefe con antelación.
Si el tiempo lo permite, se pueden ver a cientos de personas, entre las que no faltan los cuerpos de seguridad, sentados en las plazas esperando una oportunidad, a las puertas de sus casas, o a la puerta de los bares y teterías charlando o tomando una bebida haciendo del barrio un lugar más que acogedor y la vida mucho más humana que unos metros más al norte donde el trasiego de caras estresadas es constante.
Al pasear de manera tranquila y a la luz del día, se nota y se deja ver que el barrio es una zona aún marginal pero desde luego no una zona a la que se deba acotar el paso, por lo menos durante el día. La adaptación de los inmigrantes es progresiva y va en aumento. “Sólo falta que la gente se olvide un poco de los prejuicios y se relaje”, dice Braaim arquitecto Bereber, sin trabajo y desde hace más de seis años en España, “aún en los supermercados los vigilantes nos hacen un seguimiento individual sólo por el color de nuestra piel”.
Los problemas y reyertas que aparecen al ocultarse el sol, son provocados por una minoría.

Con la crisis económica los principales afectados son ellos, los que vienen de fuera. La población tiene miedo de perder su empleo. En lugares como Inglaterra surgen manifestaciones en las que se defiende el empleo británico para trabajadores británicos, o incluso en España el ministro de economía instaba a la población a consumir productos españoles para salir del bache. Se teme la competencia que proviene de la mano de obra barata extranjera y a los productos extranjeros. La crisis económica puede provocar el incremento de una equívoca idea xenófoba.
Desde finales del año pasado y durante lo que va de este 2009, han abandonado el País Vasco la mitad de los inmigrantes que había en 2008. La mayoría de los que se han marchado y que tenían papeles han regresado a sus países de origen esperando que pase el temporal. La vida en esos países es mucho más barata que aquí y pueden aguardar la oportunidad para regresar y recuperar sus puestos de trabajo. La otra cara de la moneda, los que no tienen papeles, de más de 27 nacionalidades distintas, ahora son el grupo de personas que más visitan algunas de las tres mezquitas que hay en Bilbao. Dos de ellas antes todo el día abiertas, han tenido que limitar el tiempo de apertura porque la gente iba allí para descansar, dormir o abrigarse del frío y la lluvia.
Esos “sin papeles” llegan aquí, a nuestro mundo, a través de un bajo de un autobús, a través de un soborno en la aduana que con fortuna el soldado ha considerado suficiente… y se consideran en la obligación de llevar a cabo el último intento por encontrar un puesto de trabajo.

El País Vasco era la última oportunidad en España, con papeles o sin ellos; pero este año ha dejado de ser una opción válida, ahora los inmigrantes viajan a los países del norte de Europa: Bélgica, Holanda, Alemania… esperando, estérilmente, que la crisis allí, tarde en llegar.
Los que se han quedado, como Ashim un chico que aún no ha tenido la oportunidad de trabajar a sus 19 años, sobreviven con el paro de sus hermanos mayores “Yo vine a estudiar… pero no puedo.” Dice Ashim, encogiéndose de hombros para después de preguntarme, muy interesado, sobre las consecuencias de “la crisis del ladrillo”; otros lo hacen con las ayudas que el gobierno Vasco les ofrece, pero para ello es necesario estar censado en la provincia, y para estarlo tienen que tener un contrato que acredite una vivienda o un alquiler; requisito para el que muchos no tienen capacidad económica.
Por otro lado existen organizaciones que dan cursos sobre formación laboral para el empleo. En ellos mantienen una rutina sustitutiva a la jornada laboral, pero sin remuneración. Al finalizar y encontrarse en el mismo punto que al comienzo, durmiendo en la calle como Alid, los consideran un “engaño”. Medidas insuficientes que el gobierno local y nacional debería considerar para hacer frente a un problema muy real.

La mayoría de los chicos que llegan a España, vienen persiguiendo el sueño que una vez alguien les contó. Todos buscan ropas de marca, vehículos propios, relojes caros… pero una vez llegan aquí, en muchos casos no tienen ni trabajo con el que ganar algo de dinero para comprarse un trozo de pan. La crisis económica acrecienta este problema y puede hacer que todo lo que ha ganado el barrio se pierda.
Esos chicos se encuentran perdidos y desalentados y cuando hablan con sus padres no son capaces de contarles que están, en muchos casos, tirados en la calle viviendo de lo que les dan en los comedores sociales o lo que sacan de pedir en la boca del metro. En muchos casos, las mafias, desde la más baladí que se encarga de distribuir CD o DVD pirateados a otras más importantes y peligrosas como son las de la droga, están atentos para reclutar a estos jóvenes y bañarles enseguida de promesas y dinero que no podrán disfrutar, porque enseguida se cargarán de antecedentes penales. “Es una bola” dice Iñaki Vicente. “Si no se pone freno a los problemas de estos chicos en sus propios países es imposible que no vengan aquí y se la compliquen aún más con penas de cárcel” afirma. “nosotros intentamos ayudar desde aquí, recibimos ayuda pero a algunos no les interesa nuestra labor” dice refiriéndose a grupos cristianos a los que denomina “descerebrados”.

El propio alcalde de Bilbao admite que en el barrio de San Francisco han disminuido los robos pero han aumentado las peleas, “no tiene otra explicación que el alcohol y las drogas” comenta.
En muchos casos esas peleas se producen entre los propios grupos de traficantes que por lo antes mencionado, muchos de ellos son inmigrantes que no representan a la mayoría de los nuevos vecinos que ahora repueblan el barrio. Son grupos minoritarios y además son los que más ruido hacen y a los que los medios de comunicación les prestan mucha más atención acentuando las características pertinentes para mantener el estigma de zona tabú en el barrio.
Es trabajo del alcalde y de las instituciones públicas limpiar las calles de esas mafias que corrompen la inocencia de esos jóvenes inmigrantes y también la de limpiar la imagen que los medios de comunicación vierten sobre todos los extranjeros de manera subrepticia en sus noticias, a pesar de que en un informe, el Observatorio de la delincuencia inmigrante hable de una campaña mediática e institucional para criminalizar al pueblo español, cuando hablan de un porcentaje mínimo respecto al gran número de personas inmigrantes que mantienen nuestra economía. Hoy y más aún, en un futuro inmediato.

Un enriquecimiento de la cultura; la relajación y el disfrute de lo diferente. Ese sería el proceso lógico que debería seguir la adaptación de los inmigrantes en nuestro país. Para todos ellos son muchos los cambios que aquí se requieren y además son demasiado bruscos. Comenzando por el idioma y siguiendo por la ropa, su color de piel y sobre todo por su religión. Un dios diferente que cada vez más se asocia con el terrorismo, o miles de dioses que no somos capaces ni de enumerar. Son muchas las razones que provocan que esos nuevos vecinos y vecinas se tengan que recluir en pequeños guetos en barrios de nuestras ciudades, haciendo que en cierta manera, sigamos colocándoles la marca del inmigrante delincuente, cuando en realidad ya no son más que nuestros vecinos.
El mundo está viviendo un momento histórico; los movimientos y flujos de población van hacer cambiar las fronteras y la percepción del mundo global. Nunca antes el intercambio y la mezcla cultural había sido tan diversa. La población cambia de continentes y de países diariamente pero la mentalidad no lo hace tan rápido. La población autóctona que no necesite viajar para sobrevivir debe rendirse a la evidencia, al convencimiento de que están inmersos en un cambio de época. La gran mayoría de los inmigrantes no quiere migrar y menos por obligación, pero la necesidad de supervivencia es mayor que el deseo y apego a la tierra. Nosotros aquí, debemos dejarnos empapar de su cultura porque ya es la cultura de todos. No existe una sola verdad, porque si existiera sería probablemente mentira.

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