Las ilusiones perdidas – Honoré de Balzac


Por: Kike Gómez

Es difícil imaginar un título más sugerente para una obra literaria en los tiempos confusos que vivimos que el de “Las ilusiones perdidas”. Balzac terminó de escribir el tercero de los tres volúmenes de los que se compone la obra, en 1843 -seis años después de comenzar el primero-, esto es, hace ciento setenta años. Mucho ha llovido desde entonces para que, tristemente, nos encontremos con que esas mismas ilusiones que mueven a los dos protagonistas de la novela -el inventor y el poeta- sean, en esencia, un resumen de las que ostentan los cientos de jóvenes que pueblan hoy el decadente mundo occidental.

Balzac diseña a un joven, David, amarrado por su padre para que, ni siquiera, se acerque a ese gran ideal suyo que es la búsqueda o la invención de un nuevo tipo de papel que revolucione el campo de la impresión al que se dedica, como su padre. No es una ilusión vanidosa -aunque como en todo lo humano también posea una pizca-, es una ilusión desinteresada por trascender a lo establecido. Una ilusa ilusión para un hombre de provincias que, a pesar de desearlo con todas sus fuerzas, decide tragarse su propio aprecio para centrar todos sus esfuerzos en ayudar a Lucien, su amigo y hermano de la que será su esposa.

Este personaje, Lucien -el principal de la obra por extensión-, tiene unos ideales similares, aunque quizá más egoístas. Él, tiene alma de poeta: idealista, enamoradizo, romántico, sensible… además posee una belleza indiscutible y un talento incuestionable. Lucien acabará por dilapidar los ahorros de la familia de su querida hermana y su adorado David cegado por la sonoridad, las luces, los vicios y falsedades de los lujosos cabarets, cafés y teatros de la alta sociedad parisina.

En el último tomo, Lucien regresará a su Angulema natal para encontrarse con su familia arruinada, con el propósito primero, de solucionar su desaguisado y más tarde con el de quitarse la vida ante la imposibilidad de tamaña gesta. Es más, en sus esfuerzos, acaba por complicar las cosas.

Nuestra conciencia no nos lleva ante un tribunal. Los enemigos del orden social aprovechan este abuso para despotricar contra la justicia y protestar en nombre del pueblo porque un ladrón roba de noche una gallinas en un recinto cerrado en mandado a galeras, mientras que un hombre que arruine a varias familias provocando una quiebra fraudulenta apenas sí pasa  unos meses en la cárcel; pero esos hipócritas saben bien que, condenando al ladrón, los jueces mantienen la barrera entre pobres y ricos, que si fuera derribada conduciría al fin del orden social, mientras que el que se declara en quiebra, el banquero que arruina un negocio en beneficio propio, solo provoca que la fortuna cambie de manos.

 

Para Balzac ese era el modo “realista” de ver la sociedad parisina de su época, que se amplía en el resto de su obra: La comedia humana. Tanto David como Lucien estrellan sus ilusiones ante su sociedad que no está construida, tristemente, para satisfacer las inquietudes que el ser humano lleva ligadas a su instinto. La sociedad de la que huye Lucien para su autorealización es una sociedad férrea, levantada sobre valores morales oscuros, derrotistas y malvados. Una sociedad poseída por un miedo exacerbado que trata por todos los medios ocultar los instintos del hombre que le llevan a expandir su mente hacia lugares desconocidos dentro de los límites de su imaginación. David muestra esa parte de la sociedad de hoy -ya no muy abundante-, que ve el mundo bajo el mismo prisma de oscuridad, temerosos de creer que existe algo diferente a lo que sus padres, antepasados, dioses, etc., les dicen que hay. Pero por el otro lado, Lucien es el hombre moderno o al contrario: la gran mayoría de los jóvenes de hoy son, en parte, como este personaje. Repletos de ilusiones más o menos románticas, que se ven engullidas por las luces, la sonoridad y la comodidad de una vida que les incita a esconder esos ideales. Con ese planteamiento, éstos aceptan de forma displicente a renunciar a esas perspectivas que van un poco más allá. Todo lo que se imagine, todo lo que se cree, debe tener como frontera las normas establecidas sin posibilidad de retorno. Es decir, en el caso de mostrar una mentalidad demasiado obtusa para lo convencional, será expulsado. Lucien no encaja en los juegos de intereses de los periodistas y las banbalinas por lo que acaba siendo repudiado por sus compañeros hasta que decide, literalmente, venderse.

Por otro lado, los ahorros de David son un equivalente simbólico a los recursos de nuestro planeta, demasiado finito para soportar por mucho tiempo nuestros vicios plagados de falsas ilusiones; porque las reales, las de verdad, las instintivas quizá las hayamos perdido por el camino. En nuestra mano está todavía revertir ese proceso y darnos cuenta a tiempo de que en nuestro interior, en lo más profundo, aún mantenemos -aunque apartada de nuestro consciente-, una concepción, una noción de la vida que nos obliga a expandir nuestro imaginario. Dejémonos inventar -como hará finalmente David con el papel-, un nuevo tipo de sociedad que sea beneficioso para nuestro negocio, que no es otro que el de vivir.

Esto que he relatado no es más que un forzado análisis de una de las grandes novelas del realismo francés del siglo XIX. Balzac, sencillamente, nos propone entrar en las costumbres de la una época que termina -la restauración-, que si bien a mi, me ha hecho organizar en mi mente todo lo anterior según iba avanzando por sus páginas.

En cuanto a la lectura de la obra, hay que decir que es de sencilla. Aunque peca en ocasiones de resolver situaciones que tendrían fuerza narrativa, en apenas un par de líneas. El libro se hace ameno aunque ninguno de los personajes llega a la altura de los grandes mitos de la literatura.Personajes demasiado reales, a veces anodinos, como para destacar literariamente.

Lo esencial de la novela, creo, es lo anteriormente citado: conocernos mejor a través de una sociedad de casi dos siglos atrás.

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2 comentarios en “Las ilusiones perdidas – Honoré de Balzac

  1. El admirado Juan de Pablos, a propósito de sus gustos musicales, decía hace años que él era como una brújula que podrá dar más o menos vueltas, pero que siempre acabará en los sesenta.
    Trasladando el símil a la literatura no mentiría si dijera que la aguja de mi brújula siempre acabará en la novela del diecinueve, donde me siento como en casa.
    Pese a quien pese, sea Gómez de la Serna, Cela, Umbral o el lucero del alba, en aquella época se sentaron las bases de cómo se escribe una novela y por mucho que renieguen de ellas, las fuentes están allí. Lean ustedes a Baroja y encontrarán mucho de Balzac, de Dickens, de Dostoievski o Stendhal.
    Balzac conocía en profundidad el oficio de editor y el de impresor y habla en su novela con pleno conocimiento de causa.
    También conocía a fondo los intríngulis jurídicos y económicos de los negocios, procesos, letras, endosos, escrituras, sentencias…
    Y, no sabemos cómo, también conocía en profundidad los recovecos, pliegues y miserias del alma humana.
    Leyendo este libro se te ocurre una pregunta : Pero ¿ Puede haber gente tan mala en el mundo?. La realidad supera a la ficción.
    Tanto los buenos como los malos, los humildes y los orgullosos, los ingenuos y los retorcidos, todos, están aquí llevados al extremo.
    Los Cointet son muy malos. No se apiadan de un hombre honrado al que están arruinando y torturando. David es muy bueno. Acaba en la cárcel sólo porque es trabajador, ingenuo y confiado.
    En París, Lousteau y sus compinches representan al mal ( el éxito rápido conseguido a cualquier precio) y Dhartez y sus amigos al bien ( el triunfo conseguido por medios limpios y mediante el esfuerzo, éxito que cuesta más pero que tiene mayor valor).
    En París, periodistas, escritores, empresarios, editores, libreros y abogados forman parte de un engranaje perfectamente ideado y puesto en marcha para la práctica de la extorsión, la maquinación, el chantaje y la manipulación más repugnante. Balzac se despacha a gusto con todos ellos, mostrando su lado más repulsivo. En ese mundo en apariencia libre, pero realmente opresivo se va moviendo Lucien Chardon o Rubempré, un joven romántico y arrogante, vanidoso y voluble, inocente, al cabo, al que el océano parisino va zarandeando hasta que es arrojado de nuevo como una piltrafa a su pueblo natal. La máquina de la que hablamos va arrasando personas, patrimonios, vidas e ilusiones de incautos que no se integran.
    Nos estamos asomando al mundo de la hipocresía más gigantesca; al mundo de las queridas o mantenidas por respetables padres de familia; el mundo de las amistades de conveniencia y de las influencias; de los abogados sin escrúpulos; al mundo del sube y baja repentino; al mundo de las más abyectas pasiones y ambiciones disfrazadas de título nobiliario.
    En Angulema la sociedad asfixiante agobia a Lucien que sigue como un cordero a la madura Louise.
    Al final, aparece el demonio mismo en forma de cura, aquel que en “El Tío Goriot” quitó el velo de candidez a Rastignac, y que vuelve para quitárselo a Bubempré ( o Chardon). El mismísimo Vautrin.
    Deliciosa. Me ha encantado. Pronto leeré las Escenas de la vida Parisiense.
    PD: Por supuesto, desde el principio yo tomé partido por los ingenuos.

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