Análisis fílmico: Un dios salvaje


La naturaleza resulta engullida por la sociedad.

Por: Kike Gómez

Ni Dioses ni salvajes; simplemente estúpidos.  Esa es la particular definición que Polanski nos describe sobre la humanidad en su último trabajo. Y es que resulta algo estúpido ver a cuatro adultos sentados alrededor de una mesa charlando hipócritamente con gente  a la que es evidente que no soportan, sobre un tema de una profundidad tan abrumadora como que un niño haya pegado a otro, pretendiendo que la razón de la sociedad venza el orden caótico de la naturaleza.

Los cuatro personajes principales de “Un Dios Salvaje”, sacan a relucir, cada uno en un contexto, la lucha interior con nosotros mismos en la que nos ha sumergido nuestra vida en sociedad alejada de nuestra originaria naturaleza salvaje. Nuestros instintos -innatos a pesar de nuestras capas de maquillaje o ropa de marca-, permanecen latentes en nuestro interior carcomiendo nuestro sistema nervioso, a la espera de que estos puedan volver a aflorar. Es más importante qué es lo que queremos que crean los demás, lo que la sociedad espera de nosotros como seres civilizados, a lo que nosotros queremos ser en realidad.

Esto produce una especie de lava que burbujea en nuestro volcán corporal, que va dando señales de vida a medida que el estómago se revuelve; que las manos empiezan a temblar, hasta que estallamos con un amargo llanto, una tremenda vomitona nerviosa o una violenta reacción que repercute a los más cercanos.

Esta lucha con nuestro interior, nos dice Polanski con sus planos continuados reflejados en el espejo para remarcar la dualidad, hace que vivamos en una perpetua contradicción con nosotros mismos; hasta tal punto que no reconozcamos quiénes somos en realidad

Nihilistas convencidos u orgullosos comprometidos; abogado sin escrúpulos o coqueta y superficial… Siempre existe un momento en que todo lo convencional, en el que todo lo que hemos construido, en el que nuestra máscara, se rompe para dejar aflorar una nueva personalidad, que a pesar de novedosas, no tiene que ser la verdadera.

La sociedad hace que olvidemos ese “yo” ancestral y salvaje, como el pobre hámster (última escena), que también ha olvidado quién es. Olisquea el aire del parque quizá echando de menos ese horroroso perfume con que bañan la casa sus dueños o quizá sólo sea que su instinto le dice que también puede caminar por allí, por ese parque verde. Aunque él tampoco sabe a dónde ir.

¿Bosque o civilización, instinto o apariencias? Esa es la pregunta que Polanski nos ha dejado reverberando en el cerebro cuando la película acaba abruptamente con los niños por los que comenzó la discusión, tratándose como si nada hubiese pasado; de forma natural.

¿Hasta qué punto el mundo adulto ha sobrepasado los límites de la buena conducta y el sentido común, para convertirse en simple estupidez?; ¿para qué y a costa de qué?

Cuestiones sociales y psicológicas que no desmerecen a una comedia perfecta.

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4 comentarios en “Análisis fílmico: Un dios salvaje

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