Luz de vísperas. Mauricio Wiesenthal


Por: Kike Gómez

Todavía, después de las más de 1000 páginas en que está compuesta la novela, me cuesta no ponerle la cara de Stefan Zweig a su protagonista (Gustav Mayer) por el gran parecido y los cientos de guiños del autor hacia el escritor austriaco: ambos judíos, ambos escritores, ambos exiliados, ambos viven en Viena, títulos similares de obras clave en su bibliografía como Jeremías y El mesías respectivamente…

“Luz de vísperas”, trata de novelar una época: “El mundo de ayer”, el mundo que se empezó a diluir al comienzo de la Primera Guerra Mundial. Un mundo ahora imaginario pero que fue real, regido por unas normas y unos valores que nos diferenciaban -a los europeos-, y que a la vez nos unían a través de la cálida brisa de los vientos que llegaban del mediterráneo, acariciando primero los montes griegos y romanos dispersando su saber en diferentes lenguas. Apenas 50 años bastaron para que cambiara por completo, y de forma drástica, todo el imaginario bajo el que se asentaba nuestra cultura, arrasada ahora por el capitalismo; el verdadero ganador de las dos guerras mundiales, junto con su padre adoptivo: EEUU.

A través de la imaginación de Gustav Mayer, que vuelve la vista atrás en el momento en que va a recibir el Novel de literatura por parte de la academia sueca, se nos aparecen sus libros, sus amores, sus amistades… aparece todo dibujado con impresionante precisión página tras página, hasta el punto de llegar a confundir al lector y hacerle pensar si en realidad Gustav, es un personaje real, si, en realidad, en el circulo de amistades de Rilke, de Mann, de Zweig, no había un escritor más, llamado Gustav Mayer.

Son varias las ocasiones en las que les podemos ver a todos juntos debatiendo sobre política, filosofía, literatura… charlas que no queremos que acaben nunca para poder seguir inmersos en aquellos años duros, pero tan apasionantes para la humanidad, atrapada en el dilema de la acción y el pensamiento.

En la segunda parte de la novela, después de introducirnos en la época, y dejarnos pasear, pensar y amar con todos aquellos intelectuales, Wiesenthal cumple otro de sus sueños personales, al trasladarse -y nosotros con él-, a los montes suizos, a la Engandina; donde Nietzsche pasó algunos años y donde “conoció” y escribió “Así hablaba Zaratustra”. Una excusa para que Gustav acabe allí. Pero bien pudiera ser que Mauricio Wiesenthal, eligiese ese escenario por otro motivo diferente. Es posible que al autor de “Luz de vísperas”, no le importase pasar un tiempo en los Alpes Suizos -durante alguno de los 33 años que tardó en escribirla-, en aquel famoso Sanatorio Internacional Berghof. Es posible que mientras dejaba la tinta de sus bolígrafos sobre el papel en el hotel en que residía, echase de vez en cuando un vistazo por la ventana para ver, si por azar, cazaba a aquel joven curioso llamado Hans charlando con su amigo Settembrini.

Una novela que se divide bien en dos bloques, un bloque más lírico, que da pie a la melancolía y a la nostalgia de un tiempo que no llegamos a conocer, los que ahora transitamos por éste. Y una parte más épica, en la que nos hace replantear, quiénes fueron los vencedores y quiénes los vencidos de las grandes guerras del siglo XX. Si de verdad solo hubo un vencedor y solo un derrotado ya que el mundo se ha ido reduciendo hasta tal punto, en que ahora todo nos parece de dos colores: blanco y negro o al revés, cuando aquí, en menos de lo que ocupa el territorio de China y Rusia juntas, convivieron cientos de culturas e identidades que hoy han acabado mezcladas, al pasar forzadamente, por el embudo de la modernidad.

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