Análisis fílmico: Profesor Lazhar


Por: Kike Gómez

Es probable que si nos paramos a preguntar con sinceridad: ¿cómo nos ha afectado la pérdida de un ser querido, amado o admirado?, nos sorprendamos ante la respuesta: no lo sé, no me lo he planteado. Es muy posible que el dolor que sintamos en esos momentos de duelo anule nuestra capacidad de raciocinio, de análisis frío y objetivo de lo que sentimos realmente. La muerte se convierte automáticamente en un tema tabú, un tema incómodo del que nadie sabe, ni quiere saber nada. Una palabra que hay que ocultar bien al fondo de nuestro armario para que no nos tilden de agoreros, de provocadores o pájaros de mal agüero. La muerte queda relegada a un mero trámite burocrático que solo corresponde al pasado, a pesar de que sus consecuencias estén influyendo en el presente. Escondemos la cabeza cada vez que pronunciamos las palabras muerte, muerto o mortal temerosos de que al hacerlo atraigamos su presencia.

Los países nórdicos –Canadá incluido–, se caracterizan por su alto nivel de desarrollo, por su modernidad, por su excelente educación… pero también por su frialdad, seriedad y también por sus altos índices de suicidios y tristeza. Quizá sea normal que Phillipe Falardeau decidiese colocar la trama de la película en su tierra natal (Canadá), pero no deja de ser curioso que sean precisamente esos temas los que coloque sobre la mesa, bajo los que se esconde un problema que se está extendiendo irremediablemente por todo el mundo occidental: la tremenda obsesión por ocultar la muerte.

Durante todo lo que dura el film “El profesor Lazhar”, los protagonistas van desentrañando las preguntas que el director quiere abordar. La mayoría de las conclusiones son los niños quienes las sacan a la luz –quizá con forzada madurez, pero muy convincentes–, a pesar de las contradicciones que ven en el comportamiento adulto. Ven con curiosidad la frialdad burocrática de la directora, la mente idílica de la profesora enamorada del exótico Lazhar –que pasa a formar parte del panel de curiosidades cuando con un pez de papel pegado a la espalda entra en su aula–, el silbato que suplanta la voz del profesor de gimnasia y las mentiras y rigidez del profesor argelino. Todos permanecen ocultos tras los personajes que decidieron ser para enfrentarse a la vida, pero no a la realidad. Alice imita el comportamiento que cree que debe suponer el ser adulto cuando se enfrenta a situaciones naturales como lo es la muerte. Para expresarse escribe un poema, cuyas palabras conmueven a Simón que, a pesar de todo lo que le cuesta, demuestra –en una escena sobrecogedora–, que las palabras pueden cambiar el mundo y que la única manera de mantener cuerdos a los humanos es compartiendo sus sentimientos y no cerrando los ojos a la vida, y a la muerte.

Solo los niños son capaces de comportarse como adultos desde su visión infantil. Incluso Lazhar tiene que convertirse en niño, en alumno, para expresar sus sentimientos internos recitando una fábula llena de errores, que los niños también son capaces de corregir si se les enseña cómo hacerlo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s