El yankee comandante


—Una traducción con comentarios— Por Ryan Kozin

En este espacio virtual hablamos mucho del cine, la literatura, y política.  Así que cuando nos venga un tema que englobe los tres, nos gusta aprovecharlo.  Y esto es lo que tenemos aquí: la historia de William Alexander Morgan. Una historia que parece ser complemente de ficción.  Cubre multitud de temas —los mas notables: amor, revolución y traición—.

Abajo encontraréis una traducción que realicé del inmejorable artículo de David Gran que salió en la respectada publicación The New Yorker este mayo pasado.  Como que acabamos de leer en las noticias que George Clooney dirigirá la adaptación cinemógrafica de esta increíble historia, creemos que os estamos entregando este temazo a tiempo.  Además, sabed que podéis contar con nosotros para un análisis fílmico.

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Por un momento la noche habanera iba cayendo.  Era como si fuese invisible —igual que habia sido antes de llegar a Cuba, quien ya estaba en medio de la revolución¾, pero después, un conjunto de focos le iluminaba: era William Alexander Morgan, el gran “Yankee Comandante”.  Estaba de pie, apoyándose en un muro lleno de agujeros de bala, en un foso que rodeaba a La Cabaña—una fortaleza del sigo dieciocho que pasa por alto a la ciudad desde un acantilado que había sido convertido ya en un cárcel—.  Gotas de sangre se secaban en el terreno donde fusilaron a un intimo amigo de Morgan sólo hace unos minutos.  Morgan, con tenía treinta-dos años por entonces, parpadeaba bajo de las luces.  Encaraba un pelotón de fusilamiento.

Los fusileros miraban fijamente al hombre al que le habían ordenado matar.  Morgan tenía casi dos metros de altura; brazos muy poderosos y piernas de una persona que había sobrevivido en el campo agreste.  La mandíbula tiesa, la nariz pugnaz, el pelo rubio y desaliñado, le daban un look de  aventurero de cine —un retroceso de tiempos pasados (su fotógrafo había salido en periódicos y revistas por todo el mundo).  Las imágenes más atractivas —tomadas mientras luchaba en las montañas con Fidel Castro y Che Guevara— presentaban Morgan con una barba rebelde y con una metralleta de marca Thompson.  Aunque ahora estaba bien afeitado y llevaba ropa de preso, los verdugos le reconocían como el americano que había sido celebre por ser un héroe de la revolución.

Era el día once de Marzo, 1961—dos años después Morgan había tomado papel en el derrocamiento del dictador Fulgencio batista, así llevándole Castro al poder.  Pero la revolución ya tenía muchas fracturas y los líderes devoraban a los suyos, como Saturno; pero verle a Morgan enfrentando al pelotón era todavía un shock.  En 1957, cuando el mundo todavía pensaba que Castro luchaba por la democracia, Morgan había viajado a Cuba desde Florida, luego pirandose en la selva y afiliándose con la fuerza güerilla.  En las palabras de un observador, Morgan era “como Holden Caulfield pero con una ametralladora”.  Era el único americano en el ejército rebelde y el único extranjero—aparte de Guevara que era Argentino—que ascendió de soldado al oficial de comandante.

Después de la revolución, el papel principal de Morgan en Cuba generó mucha fascinación— particularmente cuando la isla caribeña se enredó en la batalla más grande de la Guerra Fría.  Un americano que le conocía a Morgan dijo que había servido como el “principal hombre de intriga” de Castro y The New York Times le llamaron el “astuto doble agente de Castro”.

Pero ahora Morgan fue acusado de conspirar con derrocarle a Castro.  El gobierno Cubano aclamó que Morgan había estado trabajando para los EE.UU—que, efectivamente, era un triple-agente.  Morgan rechazó las acusaciones, pero incluso unos de sus propios amigos se preguntaba quien era de verdad y por qué había venido a Cuba.

Antes de que Morgan fuera llevado fuera de La Cabaña, un preso le preguntó si había algo que podía hacer por él.  Morgan respondió, “Si sales de aquí vivo, lo cual dudo mucho, intenta de contar mi historia al mundo”.  Morgan comprendió que habían mas vidas en juego que solo la suya; también comprendió que el régimen Cubano tergiversaría su papel en la revolución—si no lo quitaran completamente del registro publico—y que el gobierno Americano escondería documentos clasificados o “sanitarlos,” ocultando pasajes con tinta negra.  Seria completamente borrado—primero del presente y luego del pasado.

El jefe del pelotón gritó, “atención”.  Y los fusileros llevaron sus fusiles Bélicos.  Morgan se temía por su esposa, Olga—que había conocido en las montanas—y por sus dos hijas.  Siempre había podido manipular las fuerzas de la historia, e hizo una petición en el último minuto para poder comunicar directamente con Castro.  Morgan no se creó que el hombre que una vez había llamado su “amigo fiel” pudiese matarle.  Pero los fusileros empezaron a amartillar a sus rifles.

El Primer Truco:

Cuando Morgan llegó a Habana en diciembre de 1957, fue propulsado por la emoción de un secreto.  Se había asegurado de que nadie le siguiese mientras se movía clandestinamente por la capital iluminada por luces de neón.  Anunciado como una isla de diversión para los americanos, Habana ofrecía muchas tentaciones: el club Sans Souci donde bailarines bailaban a la cha-cha en escenarios al aire libre; el Hotel Capi, cuyas maquinas de juego aceptaba monedas norteamericanas; y la Tropicana donde invitados como Elizabeth Taylor y Marlon Brando disfrutaron esplendidas revistas teatrales que figuraban personajes como las “Diosas de Carne”.

Morgan, luego un hombre regordete de veintinueve, intentaba presentarse como cualquiera hombre de ocio.  Llevaba puesto un traje blanco de $250 y unos zapatos nuevos.  “Tenia pinta de otro turista opulento,” bromearía Morgan años después.

Pero, según miembros del circulo intimo de Morgan—y de una cuenta no-publicada de un amigo muy cercano—, Morgan evitaba el resplandor de la vida nocturnal de la ciudad, prefiriendo caminar por las calles antiguas de la Habían Vieja, cerca de embarcadero que ofreció una vista de La Cabaña y su puente lavadizo y sus muros musgosos.  Morgan se detenía en una cabina telefónica, donde había quedado con un contacto Cubano llamado Roger Rodríguez.  Un radical estudiante con pelo negro y un bigote muy espesa, Rodríguez había sido disparado por la policía durante una demonstración política y era un miembro de la célula revolucionaria.

La mayoría de los turistas se quedaban ciegos a los grandes inequidades de Cuba donde mucha gente vivía sin luz o agua corriente.  Graham Greene, que publicó “Our Man in Havana” en el año 1958, recontó años después “[…] me gustaba el ambiente de mala fama de la ciudad de Batista y nunca me quedaba tanto tiempo para darme cuenta de la política triste o el encarcelamiento arbitrario y tortura”.  Morgan, sin embargo, había estudiado Batista, que tomó el poder en 1952 por medio de un golpe de estado.  Morgan había aprendido que el dictador le gustaba sentarse en su palacio, comer comidas suntuosas mientras veía películas de horror; y que torturaba y mata a disidentes, cuyos cuerpos muchas veces fueron dejados en campos con los ojos arrancados o sus testículos aplastados en la boca.

Morgan y Rodríguez pasaban por la Habana Vieja, y empezaron a tener una conversación furtiva.  Morgan casi nunca se encontraba sin un cigarrillo, y solía a comunicarse por una neblina de humo.  No sabia hablar el español, pero Rodríguez chapurreaba ingles.  Se habían conocido en Miami, haciéndose amigos, y Morgan le veía como una persona confiable.  Morgan le dijo que tenía planes a entrarse secretamente en la Sierra Maestra, donde los revolucionarios habían tomado armas contra el régimen de Batista.  Tenía la intención de alistarse con los rebeldes, los cuales les comandaba Fidel Castro.

El nombre del enemigo mortal de Batista llevaba una sacudida de lo prohibido.  En el día 25 de noviembre de 1956, un abogado treintañero y un hijo ilegitimo de un prospero terrateniente habían lanzado una anfibiosa invasión de Cuba, junto con 81 autoproclamados comandos, incluyendo Che Guevara.  Después de su maltratado barco de madera encalló, Castro y sus hombres vadeaba en agua hasta el pecho y llegaron a la costa en un pantano donde vegetación enredadera les ragaba la piel.  Poco después, el ejército de Batista les atacó, y Guevara fue disparado en el cuello. (Mas tarde escribiría: “Inmediatamente me puse a pensar en la mejor manera de morir en ese minuto en el que parecía todo perdido”.)  Solo una docena de rebeldes, incluso el herido Guevara y el hermano menor de Fidel, Raul, escaparon.  Y agotados y deliriosos con sed—uno se bebió su propia orina—se piraron a las selvas empinadas de la Sierra Maestra.

Morgan le dijo a Rodríguez que había estado siguiendo el progreso de la rebelión.  Después de cometer el error de declarar que Castro se había muerto en la emboscada, Castro permitió que un correspondiente de The New York Times, Herbet Matthews, fuera escoltado en la Sierra Maestra.  Un buen amigo de Ernest Hemingway, Matthews no solo tenía ganas de escribir sobre eventos impactantes al nivel mundial sino también crearlos; y fue captivado por el alto líder rebelde, con su barba salvaje y puro encendido.  “La personalidad del hombre es tremendo,” escribía Matthews.  “Aquí tenemos un fanático determinado y educado; un hombre de ideales y coraje”.  Matthews determinó que Castro tenia “conviciones fuertes para la libertad, la democracia, justica social y la necesidad de restaurar la constitución”.  Y en el día 24 de febrero de 1957, el artículo salió en la portada del periódico, así intensificando el aura romántica de la rebelión.  Matthews lo describió así: “Una campana dobló en las selvas de la Sierra Maestra.”

Pero, ¿Por qué estaría dispuesto a morir un americano por la revolución cubana?  Cuando Rodríguez le aprensionaba a Morgan con esta pregunta, indicaba que quería estar luchando por lo bueno pero también vivir en el borde de peligro.  Pero también quería algo más: Venganza.  Morgan dijo que tuvo un amigo americano que había viajado a la Habana y que fue matado por unos de los soldados de Batista.  Anos después, Morgan ofreció mas detalles a otros amigos suyos; que su amigo, un hombre llamado Jack Turner fue pillado llevando contrabando a los rebeldes y que luego fue “torturado y lanzado a tiburones por Batista”.

Morgan también le dijo a Rodríguez que ya había hecho contacto con otro revolucionario, que había organizado una manera para llegar a la Sierra Maestra.  Rodríguez se quedo desconcertado: el supuestamente rebelde era un agente de la policía secreta de Batista.  Rodríguez le aviso a Morgan que había caído en una trampa.

Rodríguez, temiéndose por la vida de Morgan, ofreció su ayuda.  No podía transportarle a la Sierra Maestra, pero si podía llevarle a un campamento de un grupo rebelde en las montañas de Escambray, las cuales partieron el país.  Los guerillos iban a abrir un frente nuevo, y Castro les recibió a la “lucha comunera”.

Morgan y Rodriguez y un conductor se pusieron en camino a la viaje de mas de 435 kilometros.  Y como escribió Aran Shetterly en su libro “The Americano” (2007), el coche pronto llegó a una barricada.  Un soldado echó un vistazo a dentro del coche y  vio a Morgan, reluciente en su traje blanco—la única ropa que tenía—.  Morgan sabia bien lo que pasaría si les cogieron los soldados—como había dicho Guevara, “en una revolución uno gana o uno muere”—y había preparado un cuento en que era un hombre de negocios americano visitando varias plantaciones de café.  Y después de escuchar el cuento, un soldado les dejo pasar, y Morgan y sus conspiradores siguieron en el camino hasta Escambray, donde el aire es más frío y enrarecido.  Y donde los picos de 100 metros tenían un matiz morado espluzante.

Llevaron a Morgan a un piso franco para descansar antes de ir en coche a otra ladera cerca al pueblo Banao.  Un campesino les guio a Morgan y Rodríguez por vinas y plántanos hasta que llegaron a un claro remoto, laderado por unas cuestas pronunciadas.  El campesino hizo un sonido de pájaro, que sonaba por la selva y que fue reciprocada por un silbido distante.   Emergió un centinela y llevo Morgan y Rodríguez a un campamento dispersado por recipientes de agua y hamacas y unos fusiles antiquados.  Morgan solo podía contar treinta y pico hombres, muchos que parecían apenas de haberse graduado  del instituto y que tenían la esquelética desordenada apariencia de unos naufragios.

Los rebeldes le vio a Morgan con incertidumbre.  Max Lesnick, un periodista Cubano responsable por la propaganda de la organización, pronto quedó con el grupo y recuenta preguntándose si Morgan era “un tipo de agente de la CIA”.

Desde la guerra hispano-estadounidense, los estados unidos se había entrometido en asuntos Cubanos, tratando la isla como una colonia.  De hecho, Presidente Dwight D. Eisenhower había apoyado a Batista ciegamente—creyendo que “se portaría bien con los rojos” como había dicho a vice-presidente Nixon—y la CIA había activado operativos por todos partes de la isla.  En 1954, en un reportaje clasificado, un capitán americano  avisó que si los EE.UU iban a sobrevivir la Guerra Fría necesitaba “aprender a subvertir, sabotear, y destrozar nuestro enemigos por medio de métodos más sofisticados, listos, y efectivos que los que usan contra nosotros”.  La CIA incluso contrató a un mago reconocido, John mulholland, a ensenarles trucos de mano y la mala dirección a los operativos.  De hecho, Mulholland produjo dos manuales ilustrados que referían a operaciones encubiertas como “trucos”.

Mientras la CIA intentaba evaluar la amenaza a Batista, sus operativos intentaban penetrar fuerzas rebeldes en las montañas.  Entre otras cosas, se creía que los agentes habían reclutado o incluso posar como reporteros.  Mulholland avisó a operativos que “se nesecta incluso mas practica para poder fingir una mentira hábilmente que decirla”.

Los rebeldes también tenían que asegurarse de que Morgan no fuese parte del KGB o un mercenario trabajando para la inteligencia militar de Batista.  En la Sierra Maestra, Castro recientemente había descubrió que un campesino en sus tropas era un informante militar.  El campesino, después de ser convocado, cayó a sus rodillas y mendigando que la revolución tuvo que cuidarse de su niños.  Luego le dispararon en la cabeza.

Lo llevaron a Mogran a ver el comandante del grupo rebelde, Eloy Gutiérrez Menoyo.  Viente-tres años de edad, de voz suave y delgado, Menoyo tenia una cara larga que estaba protegida por unos anteojos oscuros y una barba, por los cuales podía haber pasado por un fugitivo.  La CIA notaba mas tarde, en su carpeta sobre él, que era un joven inteligente y capable que no se rompería “bajo los métodos normativos del interrogatorio”.

Menoyo había emigrado de España con su familia cuando solo era un niño—su ceceo era ligeramente presente cuando hablaba—y había heredado la militante postura de su familiar contra la tiranía.  Su hermano mayor fue matado a los dieciséis anos luchando contra los fachas en la Guerra Civil Española.  Otro hermano mayor, que también había emigrado a Cuba, fue tiroteado encabezando un asulto al palacio de Batista en el ano 1957.  Menoyo tuvo que identificar el cuerpo en un deposito de cadáveres de la Habana antes de pirarse a las montanas. “Queria seguir luchando en el nombre de mi hermano,” recuenta.

Con la ayuda de un traductor, Morgan le conto a Menoyo sus historia de querer vengar la muerte de su amigo.  Morgan dijo que había servido en el ejercito de los EE.UU y que era experto en artes marciales y el combate cuerpo a cuerpo y que podía ensenar las artes militares guerrillas a los rebeldes inexperimentados.  Luchar se consistía en más que disparar un fusil, mantenía Morgan; como diría mas tarde, con las tácticas apropiadas se podía “meter el miedo en el cuerpo de sus enemigos”.  Y para demonstrar sus proezas, Morgan tomó prestado un cuchillo y lo tiro a un árbol que estaba unos 20 metros de distancia.  Pegó el objetivo tan cuadradamente que unos soldados jadearon.

Aquella noche, discutieron sobre si Morgan podia quedarse.  Según Lesnik, Morgan parecía ‘simpatico’—“como un Cubano”.  Pero mucho soldado, temiendose que Morgan era un infiltrator, querían mandarle volver a la Habana.  El jefe de inteligencia del grupo, Roger Redondo, recuerda: “Hicimos todo lo posible para hacerle irse”.  Durante los próximos días, le hacían marchar por las laderas hasta la saciedad.  Morgan era tan gordo, bromeaba un soldado, que tenia que ser de la CIA.

Morgan, famélico y fatigado, gritaba repetidamente unas palabras en español que había aprendido—“No soy mulo”—.  En un instante particular, los rebeldes le llevaron a un parche llena de arbustos espinosos y venosos, los cuales picaban como avispas y que le causan inflamar gravemente su pecho y su cara.  Morgan ya no podía dormir.  Cuando se quito su sudosa camisa blanca, recuerda Redondo, “nos apiadamos del el.  Era tan de tez blanca y se había puesto hecho una furia”.

El cuerpo de Morgan también ofrecía pistas a su pasado violente.  Tenia  quemaduras en su brazo derecho y una cicatriz de .3 metros corría a través de su pecho, sugiriendo que alguien le había cortado con un cuchillo.  Había una cicatriz pequeña debajo de su barbilla, otra a lado de su ojo izquierdo y varias en su piel izquierda.  Era como ya había sufrido anos de miseria en la selva.

Morgan aguantaba todas las malas experiencias a las que le sometido los rebeldes, perdiendo 15 kilos.  Mas tarde escribió que se había puesto irreconocible: “Peso solo—75 kilos y tengo barba”.  Redondo dice, “El gringo era duro y los hombres de Escambray llegaron a admirar su persistencia”.

Varias semanas después de la llegada de Morgan, un vigilante se notó que a distancia algo se estaba moviendo entre los cedros y plantas tropicales.  Utilizando binoculares, vio seis hombres en unfiromes de kaki con sombreros y fusiles de Springfield.  Era una patrulla militar de Batista.

La mayoría de los rebeldes nunca habían visto combate.  Morgan mas tarde les describió como “una unión de doctores, abogados, granjeros, químicos, jóvenes, estudiantes y viejos”.  El vigilante sonó la alarma y Menoyo ordenó que todos tomasen sus posiciones en varias partes del campamento.  Menoyo explicó que los rebeldes no dispararían hasta que se lo indicase.  Morgan se agachó al lado de Menoyo con uno de los fusiles semiautomáticos.  Y mientras los soldados de Batista se acercaban aun mas, un disparo resonó.

Era Morgan.

Menoyo palabreaba en voz baja y los dos grupos empezaron a disparar.  Balas partían arboles y un humo amargo iban a la deriva por las montañas.  Los sonidos estruendosos de los rifles hicieron que comunicación era casi imposible.  Un soldado Batistiano fue disparado en el hombro, una mancha escarlata empezó a filtrarse por su uniforme y se cayó por la ladera de la montaña como una roca.  El comandante de la patrulla de Batista rescató el soldado caído y, con el resto de sus hombres, se retiraron en la selva, dejando un rastro de sangre.

En un silencio súbito, Menoyo se giró hasta Morgan y gritó “¿Por qué coño disparaste?”

Morgan, al estar explicado en ingles lo que estaba diciendo Menoyo, parecía confundido.  “Pensé que nos ordenó a disparar al ver sus ojos,” dijo.  Nadie se lo había traducido el comande original de Menoyo.

Morgan había cometido un error, pero solo resultó en acelerar una batalla inevitable.  Menoyo les mandoo a todos que se largasen: pronto volverían cientos de soldados Batistianos.

Los hombres llenaron mochilas hechas de unos sacos de azúcar son sus pertinencias.  Menoyo llevaba un medallón de la Concepción Inmaculada que se le había regalado su madre.  Morgan también tenía sus propios mementos: fotógrafos de un chico y una chica.  Los rebeldes se dividieron en dos grupo y Morgan se fue con Menoyo y 20 más, marchando por más que 160 kilómetros en las montañas.

Solían marchar durante la noche and luego, por la madrugada, encontrar un lugar resguardado donde comerían la poca comida que llevaban y dormir en turnos mientras otros vigilaban.  Morgan que nombrado uno de sus rifles semiautomáticos su ‘nino’ siempre se dormia con una arma cercana.  AL anochecer de nuevo, los hombres volvían a marchar, escuchando el sonido de los pajaros carpinteros, el laudrillo de perros y su propia respiración agotada.  Sus cuerpos estaban flácidos por hambre, y sus barbas cubrían sus caras como vegetación selvática.  Cuando un rebelde de dicenueve se cayo en rompo su pie, Morgan le apoyaba, haciendo seguro que no fuera dejado atrás.

Una mañana durante una marcha, un rebelde estaba gorreando por comida cuando vio dos cientos soldados Batistianos en un valle cercana.  Los rebeldes se encontraban frente a la aniquilación.  Mientras se extendia el pánico, Morgan le ayudoo Menoyo hacer un plan.  Iban a preparar una emboscada, escondiéndose detrás de unas rocas grande en la formación de una U.  Era critical, decía Morgan,  que dejasen una ruta de huida.  Los rebeldes se aganchaban destras de las rocas, sentiendo el calor de la tierra contra sus cuerpos, manteniendo sus rifles firme contra sus mejillas.  Antes, unos de los hombres jóvenes declararon indiferencia alegre a la posibilidad de muerte, pero su brio se fumoo cuando se encontraron confrontado al prospecto.

Morgan se preparo para el enfrentamiento.  Se habia metido en un conflicto extranjero, y ahora todo estaba en peligro.  Su brete se parecía mucho a lo de Robert Jordan, el protagonista americano de “Por Quien Doblan Las Campanas”  que, mientras les ayudaba a los republicanos en la guerra civil española tuvo que explotar a un puente: “Solo tenia que hacer una cosa y en eso debería estar pensando… Preocuparse era tan mal como tener miedo.  Simplemente haria que todo fuera mas difícil.”

Los soldados de Batista se acercaron a la cresta.  Aunque los rebeldes podían oír el chasquido de ramas rompiéndose debajo de las botas de los soldados, Menoyo les dijo que no dispararan, asegurándose de que Morgan le entendiese.  Pronto, los soldados enemigos estaban tan cerca que Morgan podía ver los barriles de los rifles.  “Patria o muerte,’ le gustaba decir Castro.  Por fin, Menoyo dio la señal de disparar.  Entre los gritos, el sangre, y el caos, unos de los rebeldes se retrocedieron, pero y como escribió Shetterly, “notaron que Morgan estuvo al frente, avanzando y completamente concentrado en la batalla”.

Los Batistianos empezaron a huirse.  “Se quebraron,” recuerda Armando Fleites, un medico con los rebeldes.  “Fue una victoria total”.

Más que una docena de soldados Batistianos estuvieron heridos o muertos.  Los rebeldes, que cogieron las armas de los soldados muertos, no habían perdido ni un hombre, y luego se le alistaron a Morgan para ensenarles a luchar mejor.  Un antiguo rebelde recuerda, “me entrenó en las artes militares guerrilla—como usar varias armas y a plantar bombas”.  Morgan les enseno judo a los hombres y a contener la respiración bajo agua utilizando solo una cana hueca.  “Sabia tantas cosas que no sabíamos nosotros,” dice el rebelde.  Morgan incluso sabia hablar el Japones y el alemán.

Morgan aprendio el espanol, llegando a ser un miembro oficial del grupo, que se habia nombrado El Segundo Frente Nacional del Escambray.  Igual a los otros rebeldes, Morgan prestoo juramento a “luchar y defender con mi este pedacito de territorio libre” y a “guardar todos los secretos de guerra” y a “denunciar traitores”.  Morgan ascendio rápidamente, primero comodando 6 hombres, luego encabezando una columna mas grande, y por fin, a presidir sobre unos kilometros cuadrados de territorio ocupado.

Con cada batalla que ganaba Morgan, la suscepción sobre su presencia empezó a desaparecer.  Una emisora rebelde de radio anuncio que los rebeldes “encabezado por un americano” mataron a cuarenta soldados batistianos.  Otra emisión celebró un “Yanqui luchando por la libertad de Cuba”.  El periódico de Miami, Diario Las Américas, declaro que el americano había un miembro de los “Rangers” que aterrizaron en Normandía y que abrieron una ruta para las Fuerzas Aliadas por destruir instalaciones Nazis en la costa Francesa antes del “Día D”.

Agentes de los servicios de inteligencia de los EE.UU y Cuba también empezaron a oír rumores sobres un comando yanqui.  En el verano de 1958, la CIA reportó murmurones de un rebelde “identificado solo como ‘El Americano,” que había tenido un papel principal en “planificar y llevar a cabo actividades guerrillas,” y que había prácticamente aniquilado una unidad Batistiana entera mientras dirigía a sus hombres en una emboscada.  Un informante de un grupo revolucionario cubano contó al FBI que El Americano era Morgan.  Otro dijo que Morgan “se había arriesgado la vida muchas veces” para salvarles a los rebeldes y que se le consideraban como “un héroe total entre las fuerzas por su coraje y atrevimiento”.  Eventualmente, los reportajes causaron un pánico entre varias agencias del gobierno americano—incluyendo la CIA, el Servicio Secreto, Departamento del Estado, Inteligencia Militar, y el FBI—para determinar quien era William Alexander Morgan y para quien estaba trabajando.

El Dossier Secreto                         

J. Edgar Hoover se sentía tremores de inestabilidad.  Primero, en su corazón; 1958 sufrió un infarto menor con solo 63 anos de edad.  Dado su posición como jefe del FBI, Hoover se obsesionaba de su privacidad, y guardaba el incidente a si mismo, también empezó un régimen difícil de ejercicio y dieta, disciplinando a su cuerpo con la misma voluntad que utilizo para erradicar un tartamudeo juvenil.  Dio instrucciones al departamento de investigación y análisis del bureau a informarle de cualquier avance científico que pudiese extender la duración de la vida humana.

Frustrándole mas aun era el “el pequeño republico infernal de Cuba,” como lo había llamada Theodore Roosevelt.  Hoover había avisado a sus agentes que el numero creciente que seguidores de Castro en los EE.UU “podía representar una amenaza a la seguridad interna” del país, y así ordenó que sus agentes infiltrase sus organizaciones.

Aunque casi nunca viaja en el extranjero, Hoover quería convertir el FBI en un aparata internacional de espionaje, avanzando el grande red que había creado dentro de los estados unidos, lo cual traficaba de ‘historia cruda’; conversaciones intervenidas, fotógrafos de vigilancia, papeles sacados de la basura, cables interceptados y cotilleo de amantes del pasado.

Las ramas del servicio de inteligencia de los EE.UU ya no había producido pruebas que Castro o sus seguidores eran Comunistas, y dado la brutalidad de Batista, algunas oficiales empezaron a verles a los rebeldes con favor.  El oficial de la CIA que se encargaba de las operaciones caribeñas admitió mas tarde que “yo y mis empleados éramos todos Fidelistas”.

Pero Hoover seguía siendo vigilante: entre todos los enemigos que había cazado, les consideraba a los comunistas como “Maestros de Engaño,” como les llamó en libro homónimo de 1958.  Estos conspiradores tenían fuentes escondidos de información, y se ponían sordina, como viruses, para poder eludir los defensas de un huésped; Hoover estaba determinado a prevenirles a infiltrar una isla justo a sur de la Florida.  Una fuente trabajando dentro de la Embajada Estadounidense en La Habana recibía muchos reportajes de un “gringo loco” en las montañas.  ¿Era Morgan un agente durmiente soviético?  ¿Un operativo de la CIA bajo una postura de cubierta? ¿O un agente defectuoso?

Despues de haber atisbado en tantas vidas, Hoover entendio que virtualmente todo el mundo tiene secretos.  Garabateado en un diario.  Grabado en una cinta.  Enterrado en una caja fuerte.  Un secreto puede ser, como ha escrito Don DeLillo, “algo vitalizante.” Pero tambien puede destruirte en cualquier momento.

A los finales de 1958, Hoover había desencadenado un equipo de ‘G-Men’ a averiguar que podía estar ocultando Morgan.  Eventualmente, uno de ellos llegó a llamar a la puerta que una grande casa colonial en el Old West End de Toledo (Ohio).  Un señor distinguido contesto.  Era el padre de Morgan, Alexander, un jubilado ex – director de una compañía publica, como su hijo le había descrito una vez “un puro republicano” [Como referencia al partido político].  Estaba casado a una mujer delgada y devota, Loretta, que era conocida como Señora Catedral por su participación en la iglesia católica.  Además que su hijo, también tuvieron una hija, Carrol.  El padre de Morgan le dijo al agente del FBI que no había tenido noticias de su hijo, que llamaba ‘Bill,’ desde que despareció.  Pero proveyó mucha información acerca Morgan, lo cual, conjunto con otras entrevistas que el FBI hizo con otros familiares y asociados, ayudó a Hoover y otras espías empezar a componer un perfil asombroso del un tal rebelde yanqui.

Morgan debería haber sido un americano arquetípico, un producto brillante de los valores de la llanura central del país y un clase-media ascendente.  Atendió una escuela católica y como joven recibió notas muy buenas (clasificó de ‘inteligencia superior’ en una prueba de CI).  Le encantaba la naturaleza y era un dedicado Boy Sout—recibiendo el premio más importante de la organización en el ano 1941—.  Años después, les escribió a sus padres, “habéis hecho todo los posible para criarles a vuestro hijos con un amor para Dios y la patria”.  Tremendamente enérgico, siempre parecía estar charloteando, por lo cual le dieron el mote de “Gabby [Hablador]”.  Era muy simpático, me contó su hermana.  “Te podía vender cualquier cosa”.

Pero Morgan también era un inadaptado.  No consiguió entrar en el equipo de football y su locuacidad expuso una costura de inseguridad.  Le degustaba el colegio y muchas veces se fugaba para leer cuentos de aventura, sobre todo historietas del Rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda, llenándose la mente con lugares muchos mas exóticos que el barrio de jardines muy cuidados y casas amazacotadas que veía por la ventana de su habitación.  Su madre dijo una vez que Morgan tuvo “una imaginación muy muy viva” y que le gustaba realizar sus fantasías, construyendo, entre otras cosas, una escafandra digna de Jules Verne.  Casi nunca demostraba miedo, y una vez le tuvieron que impedir que saltase desde el techo de su casa con un paracaídas casero.

Agentes del servicio de inteligencia del ejercito norteamericano tambien le investigaban a Morgan, preparando un dossier sobre el.  (El dossier, conjunto con cientos mas documentos desclasificados de la CIA, el FBI, el Ejército, y el Departamento del Estado, fueron obtenidos por El Acto de Información Libre y Los Archivos Nacionales.)  En una evaluación psciologica realizada por el ejercito, un analista para la organización de inteligencia-militar declaroo que Morgan “parecía estar mas o menos ajustada a la sociedad”.  Pero, cuando era un adolescente su resistencia a las censuras que le rodeaban, y a los que querían moldear, llegoo a un estado de fevor.  Como ha dicho su madre, Morgan habia decidio que si iba a quedarse en Toledo (OH), se buscaría el exilio, “aventurarndo al mundo si mismo.”

En el verano de 1943, con solo 15 anos de edad, Morgan se fugo.  Su madre daría un reportaje sobre hijo a la Cruz Roja un tiempo despues, diciendo que “espantada es una palabra apacible… el nunca habia hecho algo asi antes”.  Aunque Morgan regresoo a su casa unos días despues, pero solo para tomarse el coche de su padre sin pedir permiso, “fugándose,” como diría mas tarde, saltándose un semáforo antes de que la policía le pillasen.  Luego fue consigado a un centro de internamiento, pero se escapo por la ventana.  Se acabo en Chicago, ajuntandose con el circo de los Hermanos Ringling.  Cuando su padre le encontró diez días después cuidando a elefantes, y se le llevó a casa.

En el noveno grado, Morgan abandanoo los estudios y empezó a vagar atraves el país, cogiéndose autobuses y trenes; ganaba dinero como un operador un punzonadora, dependiente en un mercado, cargador de carbón, acomodador del cine, y también marinero.  Su padre parecía estar resignado al capricho de su hijo, escribiéndole en una carta “cogate tanta aventura como puedas y nos alegraremos verte cuando sea que quieras volverte a casa”.

Mas tarde Morgan explico que no estaba discontento en Ohio—sus padres les habían todo lo que qusieran a el y su hermana—y que se piro porque tenia ganas de ver “sitios nuevos”.

Su madre creía que Morgan tenia un imagen mitico de si mismo y que “siempre anheloo ser un senoron,” pero dado su “carácter super afectionate” dudaba que “tuviera la intención de hacernos daño o que nos preocupesemos”.

Sin embargo, en via de aumento Morgan quedaba con “los malos tipos”—como les llamaría el mas tarde—y también empezó meterse en lios con la ley.  Cuando era todavía un joven, robo el coche de un desconocido con sus amigos, temporarlmente atándole al desconocido; y también fue investigado por haber llevado una arma concelada.

Nadie—ni sus padres ni la FBI ni el analista del servicio de inteligencia del ejército americano—podía explicar el misterio del comportamiento antisocial del Morgan; se quedaba permanente encriptado, un código que no se podía romper.  Su madre se puso a preguntar si algo le había ocurrido durante su embarazo, lamentándose “ese chicho no me ha ni un momento de tranquilidad… por eso tengo las canas”.  Su padre les dijo a la FBI que quizás su hijo necesitaba hablar con unos de los doctores para la cabeza.  Una psiquiatra, referido por el ejercito,  speculaba que Morgan era “motivado por un curso de auto-destrucion para satisfechar su necesidad neurótico para el catisgo”.

Pero fue imposible verle a Morgan, con sus ensanchados ojos azules y un cigarrillo perpetuamente entre sus dientes, anunciándose como el nuevo tipo social; un bohemio, un autentico Rolling Stone.  Un amigo de Morgan le dijo a un reportero: “mientras Jack Kerouac estaba todavía imaginándose una vida ‘en el camino,’ Morgan ya se la estaba viviendo”.

La personalidad de Morgan—“nomada, egoísta, impulsivo, y completamente irresponsable,” según uno de los agentes de Hoover—también llevaba las mismas características de un adolecente del medio-clase.  En el año 1960, un periodista conservadora norteamericana observó “como Fidel Castro, pero en una escala mas pequeña, Morgan era un anticuado delicuente juvenil”.

Hoover y la FBI descubrieron que, al contrario de las cuentas de la prensa, Morgan no había servido en la segunda guerra mundial.  Imaginándose un Simbad moderno—su otro mote—había intentando alistarse pero fue rechazado por era demasiado joven.  No fue hasta Agosto de 1946, cuando por fin había acabado la guerra y que por fin tenía dieciocho, que conseguido alistarse.  Después de recibir ordenes que estuviera desplegado a Japón, en diciembre, lloró enfrente de su madre por la primera vez en año, traicionando que, a pesar de su dureza, era todavía un adolescente.  Cogió un tren destinado para California, y mientras hacia la escala en una base militar, les mando un telegrama a sus padres:

“Tengo una sorpresa—me casé ayer a los 12.30 am con Darlene Edgerton.  Estoy contento—os escribiré o llamaré tan pronto como sea posible.  No os preocupéis o emocionéis.”

Se había sentado a su lado en el tren, en su uniforme bien planchado.  “Era alto y guapo y muy magnético,” recuerda Edgartown que ya esta ciega y que ahora tiene unos 87 anos de edad.  “De verdad, estoy en camino a casarme con otro, pero nos llevamos tan bien que decidimos para en Reno [Las Vegas] y casarnos”.  Se conocían por solo 24 horas y pasaron dos días en un hotel antes de subirse al tren de nuevo.  Cuando llegaron a California, Morgan se presentó a la base militar y salió para Japón.  “Lo que no harán los jóvenes,” dice Edgartown.

Dado la distancia de su puesto en Japón,  el matrimonio de disolvió rápidamente y en solo un ano y Morgan recibió una anulación—pero incluso después del divorcio y casarse con otro, Edgartown guardaba en secreto una carta de Morgan, la cual a veces desdoblaba, aplanado los márgenes con sus dedos, para leer de nuevo, removida por la memoria del espíritu bólido que había resplandecido bravamente a su vida.

Morgan era batido al final de la relación, pero su madre les había dicho a los de la Cruz Roja “Conociéndole a Bill [William], estoy segura de que si tuviera la oportunidad de salirse con otras chica pronto se olvidará de este amor presente”.

Ciertamente, Morgan se ligo Setsuko Takeda, una chica Alemana-Japonesa que trabajaba como anfitriona en un club de Kioto, que quedó embarazada poco después de que les conocieran.  Cuando Takeda estaba por darle luz a su hijo en el otoño de 1947, Morgan no estaba de permiso y así hizo lo que siempre había hecho: Se huyó.  Pero fue detenido por estar AWOL y, mientras estaba detenido, exclamó que necesitaba verle a Takeda—que estaba suicida después de haber estado molestada por un oficial militar.  Con la ayuda de un ciudadano chino que estaba también detenido, Morgan vencido a una policía militar, tomándose su pistola.  “Morgan me dijo que no me moviese,” testificó el guardia.  “Me dijo que quitase toda mi ropa y le dijo al chino que me atase”.  Llevando puesto el uniforme del guardia y llevándose su pistola también, Morgan escapó en plena noche.

Un equipo de búsqueda del ejército le localizó a takeda que les llevó a una casa donde Morgan había dicho que le esperaría.  Cuando le vio a Morgan en el fondo del edifico, le abrazó con fuerza.  Uno de los oficiales, notando que llevaba una pistola, gritó “!Suelta el revolver!”  Pero Morgan se hesitó como si fuera un personaje de una novelucha, girando la pistola en uno de sus dedos en una manera para que la culata se orientase al oficial, así entregándosela.  “No tardasteis mucho en llegar,” dijo Morgan, luego pidiéndoles un pitillo.

En el día 15 de enero, 1948, con solo 19 anos de edad, Morgan fue sentenciado a cinco anos de encarcelamiento por un consejo de guerra.  “Supongo que me dictaron lo que merezca,” dijo.

La madre de Morgan, en su testimonio a la Cruz Roja, rogó su ayuda: “Sinceramente quiero que sea un chico del cual puedo ser orgullosa no uno que me haga bajar la cabeza en vergüenza por haberla dado luz.”

Morgan eventualmente fue traslado a una cárcel federal en el estado de Michigan.  Se matriculó en una clase sobre la historia de su país; estudiaba japonés y también alemán—los lenguas que hablaba Takeda; también asistía clases de ‘Instrucción Religiosa” y cantaba en el coro.  En un resumen sobre su progreso, un oficial del cárcel escribió: “El Capellán se ha notado que el preso Morgan ha desarrollado un sentido de responsabilidad social [y que] está haciendo todo lo posible para mejorarse y convertirse en un individuo contribuyente a la sociedad.”

Morgan fue dado su libertad antes de lo previsto, en el día 11 de abril, 1950.  Aunque una vez tuviera la esperanza de reunirse con Takeda y su hijo, la relación se había roto.  Morgan eventualmente se mudó a Florida donde encontró un trabajo en un circo como tragador de llamas y perfeccionó el uso de cuchillos.  Empezó un romance con la hechicera de serpientes, Ellen May Bethel.  Una pequeña mujer seductora con pelo negro y ojos verdes, era “guapísima,” dice un familiar de Morgan.  En la primavera de 1955, Morgan y Bethel tuvieron una hija, Anne.  Pocos meses después se casaron y en 1957 tuvieron un hijo, Bill.

Morgan luchaba duramente para ser un individuo contribuyente, pero parecía estar atrapado por su pasado.  Era un ex-presidiario  y un soldado descargado deshonorablemente—una mancha que intentaba borrar fútilmente de su record.  Durante esta época Morgan le dijo a un amigo que “no era ni nada.”

Según un informante del FBI, Morgan empezó a trabajar para la mafia, haciendo recados de parte de Meyer Lansky—el diminutivo gánster  judío conocido como “El Hombre Pequeño”.  Además a haber manejado estafas en los estados unidos, Lanksy había llegado a ser el capo de la Habana donde mantenía control sobre unos de los clubs y casinos más grandes de la isla.  Un asociado de la mafia una vez describió como Lansky “le llevó a Bastista al fondo de nuestro hotel, abrió unas maletas, ensenándole un montón de dinero.  Batista miró fijamente al dinero sin decir una palabra.  Luego se dieron la mano.”

Morgan vagaba por las calles de Ohio, donde conoció el jefe de una organización criminal, Dominick Bartone.  Un gánster con conexiones tan profundas que se extendían al tiempo de Al Capone.  Bartone era una bestia de hombre con pelo negro y grueso y también ojos oscuros—“el típico aspecto de un delincuente,” según el FBI.  Clasificaba a la gente como “solido” o “chupones”.  Su antecedentes penales eventualmente incluirían convicciones de soborno, traficar armas, fraude fiscal; y mantenía relaciones estrechas con la cabeza de Teamsters, Jimmy Hoffa, que había llamado “el mejor tío del mundo.”

Un amigo de Morgan de Ohio me describió como “solido”.  Dijo “?Sabes lo que significa ‘conectado’?  Pues, Morgan era conectado”.  El amigo de Morgan, que dijo que había sido acusado de estafas, se puso mudo, luego añadiendo “no se si eras del FBI o de la CIA”.

Unos miembros del Mafia, incluyendo Cartoné, se prepararon para nuevas alianzas en Cuba, enviándoles armas a los rebeldes.  El padre de Morgan pensó inicialmente que su hijo se había liado en Cuba en 1955, en Florida, cuando apartemente conoció a Castro que había viajado ahí para generar apoyo de la comunidad Cubana viviendo en la extranjera para la invasión inminente. Dos anos mas tarde, con Castro escondido en la Sierra Maestra, Morgan les dejó a su mujer y sus hijos en Toledo (OH) y empezó a adquirir armas por todos lados de los estado unidos, luego organizando una manera para mandarlas a los rebeldes.  Tal vez fuese motivado por simpatía por la revolución o tal vez por dinero, o simplemente por la posibilidad de huirse de sus responsabilidades domesticas.  El padre de Morgan les dijo al FBI que su hijo se había “fugado de sus problemas desde que era un niño,” y que su aventura cubana no era nada más que otro ejemplo.  Morgan, antes de pirarse a la Habana le dijo a otro traficante de armas que le vería de nuevo en Florida “cuando se haya acabado esta maldita revolución,” mas tarde provioo su propia explicación: “Siempre he vivido mi vida en busca de algo.”

Incluso hasta hoy, algunos escolares, y también unos que le conocían a Morgan, especulan que fuera mandado a Escambray por la CIA.  Pero, y como revelan documentos de-clasificados, Hoover y sus agentes había descubierto algo incluso mas preocupante.  Morgan no estaba trabajando para la agencia ni inteligencia extranjera ni la mafia.  Estaba ahí solo.

¿Por qué Estoy Aquí?

“Llamandole a Comandante William Morgan!”—¡Comandante William Morgan!”  Era uno de sus hombres en Escambray, hablando en una radio onda corta frecuencias.

“Escuchadme,” respondió Morgan.  “Mándanos los refuerzos.  Necesitamos ayuda—¡munición!—.  Si nos quedamos aquí, nos van a anihilar.”

Por el verano de 1958, Morgan ya había tenido una cantidad incontable de enfrentamientos.  “Siempre nos excedían en numero por los menos treinta a uno,” recontó Morgan.  “Éramos un grupo pequeño, pero también éramos bien movilizado y duros.  Eventualmente se nos conocían como las fantasmas de las montañas”.

Morgan había sido testigo de cerca a las crueldades del régimen de Batista: Pueblos saqueados y quemados por el ejército de Batista, amigos disparados en la cabeza; un viejo senil que le habían cortado la lengua.  “Yo sé y he visto lo que ha estado haciendo esa gente,” dijo Morgan de los sicarios de Batista”.  “Han matado.  Han asesinado.  Han golpeado repetidamente a la gente… y también han hecho cosas que no tienen nombre”.

En una de las mangas de su uniforme, Morgan había cosido la bandera americana.  “Había nacido americano,” le gustaba decir.

Por la noche, solía sentarse al lado del lumbre, donde chispas dispersadas creían mini – constelaciones fugaz; y les escuchaba a los rebeldes compartir su compartida visión de la revolución.  Las varias facciones del movimiento—incluyendo dos grupos más en el Escambray y las fuerzas de Castro en la Sierra Maestra—representaban un muestrario de ideologías y ambiciones personales.  El frente de Escambray advocaba una democracia al estilo occidental y era firmemente anti-comunista, una postura política que apartemente compartía Fidel Castro que a diferencia de su hermano Raúl o incluso Che Guevara, había expresado poco interés en el Marxismo-Leninismo.  En la Sierra Maestra, Castro le dijo a un reportero, “Nunca he sido, no soy ahora, un comunista. Si lo fuera, tengo suficiente coraje como para proclamarlo.”

En el Escambray, Morgan y Menoyo habían hecho amigos muy estrechos.  Morgan era mayor, y tenía un coraje casi suicida, justo como el Hermano de Menoyo que había muerto en el asalto contra Batista.  Morgan se dirigía a Menoyo como “mi jefe y mi hermano” y le contó todo sobre su pasado turbulento.  Menoyo se sentía que Morgan se estaba madurando, igual como soldado que hombre.  “Poco a poco, William se estaba cambiando,” dice Menoyo.

En julio, después de Morgan fue ascendido a comandante, escribió una carta a su madre, algo que no había hecho durante sus seis meses en las montanas.  Escrito con una floritura distinta de guiones, decía: “Sé que ni apruebas ni comprendes porque estoy aquí—aunque incluso seas la única persona del mundo—que creo que me entiende—he estado en muchos sitios—en mi vida y he hecho muchas cosas de las cuales no has aprobado—ni entendido, ni que entendí yo mismo—en el momento.”

Contendía con sus antiguos pecados, reconoció el dolor que le había causado a Ellen, su segunda esposa, y sus hijo (“a estos tres que he dañado profundamente”) por abandonarles.  “Es difícil entender pero les amo profundamente y pienso en ellos frecuentemente,” escribió.  Ellen había presentado una demanda de divorcio, motivada por la deserción.  “No espero que todavía tenga mucho fe o cariño para mi,” escribió Morgan.  “Y es probable que tenga razón.”

Pero quería que su madre entendiera que aun no era la misma persona.  “Estoy aquí con hombres y chicos—que luchan por… libertad,” escribió.  “Y si sucediera que me maten aquí—Todos sabréis que no fue por un capricho pasajero—o como diría papa un sueño imposible.”  El amigo que también había traficado armas a los rebeldes mas tarde les dijo al Palm Beach Post, “Había encontrado su causa en Cuba.  Quería creer en algo.  Quería tener una finalidad.  Quería ser alguien—no quería ser nadie—”.

Morgan había compuesto una declaración filosófica explicando por qué se había apuntado con los rebeldes.  El ensayo, titulado “Por qué Estoy Aquí,” decía:

        ¿Por qué vengo aquí a esta tierra tan extranjera a la mía?  ¿Por qué he venido aquí, lejos de mi hogar y mis familiares?  ¿Por qué me preocupo por estos hombres aquí en las montañas conmigo?  ¿Es porque eran todos amigos?  ¡No! Cuando vine aquí eran extraños y no podía hablar su idioma ni entender sus problemas.  ¿Es por qué busco aventura?  No—aquí no hay aventura sino solo el siempre presente problema de sobrevivir—.  Entonces, ¿Por qué estoy aquí?  Estoy aquí porque creo que la cosa mas importante que puedan hacer hombres libres es proteger la libertad de los demás.  Estoy aquí para que cuando mi hijo sea mayor no tenga que luchar o morir en una tierra extranjera porque un hombre o un grupo de hombres intentan quitarle su libertad.  Estoy aquí porque creo que hombres libres deberían tomar las armas, unirse, y luchar contra y destruir los grupos y fuerzas que quieran quitar los derechos del pueblo.

Con su prisa de rehacer el pasado Cubano tanto como el suyo, Morgan muchas veces se olvidaba de pausar por hacer periodos o dividir los párrafos.  Reconocía: “No puedo decir que siempre he sido un bueno ciudadano”.  Pero explicaba que “estando aquí puedo apreciar la manera de vivir que es la nuestra al nacer,” y recontaba las cosas imposibles que había visto: “Donde un chaval de 19 puede marchar 12 horas con una pie fracturada en terreno comparable a los Rockies sin quejarse.  Donde un cigarrillo se fuma entre diez hombres.  Donde hombres pasan sin agua para que otros puedan beber.”  Notando que las políticas de los estados unidos habían apoyado a Batista, concluía, “Me pregunto por qué apoyamos a los que destruiría en otras tierras las ideales que apreciamos tanto”.

Morgan envió la declaración a alguien que sabía que lo comprendería: Herbert Matthews.  El reportero de los Times le consideraba a Morgan como “la figura mas interesante en la Sierra de Escambray”.  Poco después de haberla recibido, Matthews publicó un articulo sobre la Segunda Frente y su “fuerte, inculto joven americano” líder, citando un pasaje refinando de la carta de Morgan.

Otros periódicos también empezaron a relatar las hazañas del “americano aventurero,” el “intrépido Morgan”.  El Washington Post reportó que se había convertido en un tipo atrevido a los tres años de edad.  Las cuentas eran suficientes para hacer que “los colegiales babeen,” como escribió un periódico.  Un hombre de negocios jubilado de Ohio mas tarde les dijo al Toledo Blade, “Era como un vaquero de una cuenta de Ernest Hemingway”.  Por fin Morgan había realizado sus ficciones interiores.

Un dia de la primavera de 1958 mientras Morgan visitaba un campamento guerrillero para asistir una reunión con los jefes de la Segunda Frente, encontró un rebelede que ya no habia visto nunca: pequeño y delgado, su cara escondida por el ala de su gorro.  Solo cuando se acerco se dio cuenta de que era una mujer.  Tenia viente y pico; ojos oscuros y piel moreno.  Y para ocultar su identidad, se había cortado su rizado pelo morrón, luego tiñéndolo negro.  Aunque tuviera una belleza delicada, podía empunar y cargar una pistola con la facilidad de un atracador de bancos.  Mas tarde, Morgan comentando sobre la pistola que llevaba, dijo: “Sabe usarlo bien”.

Su nombre era Olga Rodriguez.  Era de una familia campesina, en la procincia central de Santa Clara, de muchas veces pasaba sin comida.  “Eramos muy pobre,” recuenta Rodriguez.  Estudiaba diligentemente, y fue elegida presidente de su clase.  Tenia el objetivo de llegar a ser profesor.  Era lista, cabezota, e inquisitiva—como dice Rodríguez si misma “siempre fue un poco diferente”.  Cada vez más enojada por la represión del régimen de Batista, se unió con la resistencia clandestina, organizando manifestaciones y montando bombas hasta, un día, agentes de la policía secreta de Batista aparecieron en su barrio, ensenando su foto a los habitantes.  “Habían venido para matarme,” recuenta Rodriguez.

Cuando la policía secreta no le podían encontrar, dieron a paliza a su hermano, dejándolo en el umbral de la casa de sus padres, “como un saco de patatas”.  Sus amigos le rogaron que se fuese de Cuba, pero les respondio “No abandonare a mi país”.  En abril de 1958, con la apariencia disfrazada con una pequnita pistola .32 metida en su ropa interior, se convertio en la primera mujer de juntarse con los rebeldes de Escambray.  Cuidaba a los heridos y daban clases de lectura y escritura.  “Tengo el espirtu revolucionario,” le gustaba decir.

Cuando Morgan le conocio, bromeaba con ella afecutuosamente sobre su corte de pelo, encasquetándole el gorro diciendo “Oye, muchacho”.  Morgan habia llegado al campamento literalmente encima de un caballo blanco, y ella se sentía su corazón latir “boom, boom, boom”.

“Soy una grand romántica y me movia tanto que un extranjero se preocuparía tanto por mi compadres que luchara por ellos,” dice.  Morgan repetidemente le buscaba en el campamento.  A veces ella le preparaba arroz y frijoles (“Soy guerrillera, no cocinero”); y eel se quejaba “demasiado aprisa” cuando ella hablaba de la necesidad de celebrar elecciones,  y construir escuelas y hospitales en un español a ráfaga de disparos.  Era distinta de las otras mujeres con que se había liado impetuosamente.  Como su madre, Olga tenía un sentido profundo de convicción, y fue por su influencia, dice Menoyo, que la “transformación de William” promovía, aunque Rodríguez lo veía diferentemente: Morgan no se cambiaba sino descubriéndose de verdad.  “Sabia que William no siempre habia sido un santo,” dice Rodriguez.  “Pero al dentro, yo sabia, tenia mucho corazón—uno que habia abierto no solo a mi sino a mi país también”.

Morgan reconocia el peligro de rendirse a una huida de emociones en el medio de una guerra.  El régimen batistiano habia puesto un premio de enganche de 20 mil dólares—“vivo o muerte,” como lo describia Morgan.  Una vez, cuando Morgan y Rodriguez estuvieron juntos, un avión militar apagaron sus motos para que no pudiesen oir su acercamiento hasta que ya les cain las bombas.  “Simplemente tuvimos que ponernos a cubierto,” recuenta Rodriguez.  A penas escaparon ilesos.  Durante los bombardeos, se abrazaban, susurrando en voz baja: “Nuestros destinos están entretejidos”.

Cuando Robert Jordan está abrumado por su amor de una mujer durante la Guerra Civil Espanola, se tema que jamas experimentar lo que hacen la gente normal: “Ni tiempo, ni alegría, ni diversión, ni hijos, ni una casa, ni un bano, tampoco unas payamas limpoias, ni el periódico dominical, ni despertarnos juntos, ni despertarme sabiendo que ella está ahí y que no estás solo.  No.  Nada de eso.”

Mientras luchaba Morgan en el Escambray, no podía existir ni el pasado ni futuro—solo el presente.  “Nunca podríamos tener tranquilidad,” dice Rodríguez.  “Desde el principio, tenia la mala sensación de que las cosas no iban a acabar bien”.  Pero la imposibilidad de su romance solamente profundizaba su ardor.  Poco después se conocieron, un chicho de un pueblo cercano se acercó a Rodríguez en el campamento, llevando un punado de flores salvajes morados: “Mira a lo que te ha enviado el americano,” el chico le dijo.  Unos días después, el chico aprecio de nuevo, esta vez llevando un bouquet.  “Del americano,” dijo.

Como Morgan le diría mas tarde, tuvieron que “robar tiempo”.  En un de esos momentos, un fotógrafo les pilló de pie en el claro de la montaña.  En la imagen, los dos llevaban trajes de faena; un rifle está echado a la espalda de Morgan y ella se apoya en otro como si fuese un bastón.  Con sus manos libres, se agarran fuerte.  “Cuando te encontré, encontré todo lo que puedo pedir de este mundo,” el escribió Morgan mas tarde.  “Solo la muerte nos puede separar”.

“MORGAN FUE MATADO ANTEANOCHE EN EL TRANSCURSO DE UN ENFRENTAMIENTO CON EL EJERCITO CUBANO”.  Así se leía un cable enviado desde la embajada americana en Habana a Hoover, en la sede central del FBI el día 19 de septiembre de 1958.  El régimen de Batista, que ya había dejar correr las noticias a la prensa Cubana, mandó dos fotógrafos de un cadáver fracturado, sin camisa y cubierto en sangre al FBI.

La madre de Morgan estuvo destrozada con se enteró de las noticias.  Unas semanas mas tarde, recibió una carta desde Cuba, escrita en la mano de Morgan.  Decía “La prensa cubana reportó que estaba muerto, pero como puedes ver, no lo estoy”.

Justo como había declarado falsamente la muerte de Fidel, el régimen de Batista cometió el error de creer su propia propaganda de Morgan, atrapándose en el circuito cerrado de información que aísla tiranos de no solo sus compatriotas sino también la realidad.  Mientras tanto, la apartemente resurrección de Morgan, como uno de los trucos mágicos de Mulholland, creo una contra-ilusión muy potente: que era indestructible.

En octubre, llegó Che Guevara al Escambray con unos cientos soldados casi muertos.  Habían concluido una caminata hacia el oeste desde la Sierra Maestra, aguantando ciclones, fuego enemigo, y durmiendo en pantanos.  Guevara había descrito a sus hombres como “rotos moralmente, famélicos… sus pies tan sangrientas y tan inflamados que ya no caben en lo que quedan de sus botas”.  Guevara—que otro rebelde había describo una vez como “medio atlético y medio asmático” y propenso a hablar de “Stalin y Baudelaire” en la misma conversación—tenia pelo oscuro que casi caía hasta sus hombros.  Durante la marcha, llevaba el gorro de un compañero muerto, pero, a su angustia, lo había perdido y así empezó a llevar una boina negra.

Las tropas de la Segunda Frente habían crecido a incluir más que mil hombres.  Morgan le escribió a su madre “Ahora estamos mucho más fuertes,” y dijo que sus hombres “estaban preparándose para bajarse de las montañas y conquistar las ciudades”.

Guevara habia sido mandado a Escambray para asumir el control de la Segunda Frente porque Castro estaba ansioso a eliminar cualquiera amenaza a su predominio y asi quería acelerar el asalto contra Batista.  Pero muchos rebeldes ahí rechazaron la usurpación de su autoridad y tensiones sumergidas empezaban a resugir.  Cuando Guevara y sus hombres intentaron a entrar en una extensión de territorio, se encontraban confrontado por un líder particularmente combativo de la Segunda Frente, Jesus Carreras.  Depues de exigir una contraseña de Guevara, Carreras no les dejo pasar.

Morgan y Guevara, los dos comandantes extranjeros, se desconfiaban amargamente.  El alborotador, amate de diversión, anti-comunista americano no tenia mucho en común con el ascético, erudito, marxista-leninista doctor argentino.

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Un comentario en “El yankee comandante

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