Teatro Romano Nablus


Teatro Romano de Mérida
Teatro Romano de Mérida (Photo credit: Wikipedia)

Arqueología para el presente

El teatro romano de Nablus (Cisjordania), datado del siglo II a.C., se encuentra en un estado de abandono similar al de la propia población palestina

Kike Gómez

Si estuviésemos jugando a esa técnica psicológica de las asociaciones de palabras —muy divertida por otra parte—, en el momento en que apareciese la palabra Mérida, la gran mayoría respondería un rapidísimo teatro o teatro romano si el que responde suele jugar al trivial también. Si el juego continuase y saliese la palabra Nablus, pocos acertarían a responder algo, y los demás recriminarían al que la hubiese propuesto que utilizase palabras que no existen o cultismos que apenas nadie conoce. Si en su lugar se presentase la palabra Palestina, el abanico de posibilidades de respuesta sería mucho mayor; por ejemplo: piedras, guerra, Israel, terrorismo… Cualquier cosa de esas valdría ante la idea de un país, de un territorio o una tierra de la que se desconoce casi todo, a pesar de estar continuamente en boca y tinta de periódicos y televisiones.

Volviendo a Nablus, muy pocos saben que bajo esa falsa palabra inventada o ese cultismo extraño, se esconce el nombre de una de las ciudades más grandes de Palestina. Las calles de esta ciudad, situada al norte de Cisjordania, se asientan sobre restos del periodo otomano y también sobre los restos de sus fundadores: los romanos. De esa época, como Mérida, Nablus alberga un teatro justo a la salida de su casco antiguo o ciudad vieja.

En Nablus es casi imposible encontrar un mapa con el que rastrear las callejuelas de zoco o seguir la pista de los lugares de mayor interés turístico como puede ser el teatro. Si tenemos suerte y nos hacemos con uno, lo difícil será encontrar el cartel con el nombre de las calles colgados en las esquinas. Si persistimos en la búsqueda y preguntamos a los vecinos, las indicaciones serán imprecisas, pero poco a poco nos iremos acercando al punto caliente.

Para poder visitar el Teatro Romano de la ciudad extremeña se necesitan 12 euros, seis si es entrada reducida. Suficiente dinero con el que podríamos entrar al cine con unas palomitas, ir a tomarnos un par de copas o, quizá, pagar un menú extra grande de cualquier franquicia de comida rápida; pero esa misma cantidad convertida a la moneda que se usa en Palestina —unos 60 shequels—, supone una suma más importante. Se transforma en lo bastante como para alimentar a una familia de Nablus durante una semana, con su dieta habitual de fruta, arroz y verduras.

En Europa, —salvo excepciones como España— se ha invertido mucho dinero para recuperar piedras, huesos, edificios apenas reconocibles… procurando mantener en la memoria de las nuevas generaciones todos los periodos pasados de su historia. Un pueblo que no se preocupa por su pasado no tiene futuro, es lo que nos decían, lo que dicen muchos libros. Sin embargo, la puerta del teatro romano de Nablus es apenas visible para el turista que quiere llegar hasta él, camuflada tras la carrocería de viejos coches polvorientos. La verja que cierra el acceso recuerda a la de un corral de vacas abandonado, o uno que espera el regreso de los animales después de su tiempo de pasto. Después de empujar el hierro oxidado el espectáculo es desolador. Las columnas y arcos, que en Mérida todavía se yerguen al cielo, se esconden entre los rastrojos y la vegetación que crece libremente entre restos de capiteles. Se hace difícil caminar entre los vestigios de una cultura de la que se pueden leer algunas inscripciones perfectamente marcadas sobre los guijarros.

El teatro romano de Nablus es un tesoro arqueológico datado del siglo II a.C. Unos 150 años más antiguo que el teatro de Mérida. Menos espectacular, peor conservado pero, aun así, una joya para la humanidad.

Con un poco de imaginación, sentado donde en otro tiempo lo pudo estar algún romano palestino con su toga, se puede reconstruir piedra a piedra un edificio similar al que acoge las fronteras de Mérida y del que tanto presume. Sentado unos minutos más, bajo el revoloteo de los aviones militares israelíes en misión de observación —lo único que altera la paz allí—, se puede percibir el evidente abandono de esa magnífica huella de la evolución de la historia y, también, de la precaria situación en la que vive parte de la humanidad, del olvido de ciertos pueblos que transitan con dificultad por el siglo XXI.

Observando el descuidado recinto puede dar la sensación de que el pueblo palestino no quiere recordar de dónde viene, que prefiere dejar su pasado para que se lo coma el viento, el sol y la lluvia, que  lo oculten las malas hierbas; pero también es posible que la razón de la desidia a la que está condenado un lugar, que en otro país sería punto turístico principal, sea consecuencia de la dificultad que tienen los palestinos para reconocerse en el propio presente.

Fotos del Teatro Romano de Nablus aquí

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