Análisis fílmico: Boyhood


boyhood-movie-tile-logoPor Kike Gómez

“En la vida no existen barreras”, le dice Mason Sr. a su hijo, para acabar corrigiéndose en la escena siguiente: “perdón por lo de las barreras”. Y es que claro que existen las barreras -debería haber continuado la frase-, las inventamos nosotros; es más ¡Las pedimos a gritos! Deseamos con fuerza esos límites que nos hagan más pequeña, tangible y manejable la realidad. Esos pequeños railes que nos marcan desde pequeños por dónde tenemos que caminar, qué pasos dar y de qué tamaño tienen que ser estos. ¿El motivo? Miedo, cobardía, pereza o inquietud. Vivir en una constante incertidumbre es motivo de estrés y de angustia. Es mejor saber qué debemos hacer unos pasos por adelantado. Ese conocimiento que nos proporcionan las barreras nos hacen ser más maduros. Provocan que dejemos atrás esos niños que un día fuimos –como si eso fuese algo positivo- y vivir esa vida ordenada que nos satisfará como adultos que seremos, impidiendo que hagamos cosas que no corresponden con nuestra edad y obligándonos a otras que si casan con lo que se supone que somos. Pero Linklater se ha dedicado a romper barreras en esta película donde, paradójicamente, los personajes que en un principio se nos presentan como perdedores o decadentes son los más felices. Y no necesariamente felices de película de cuento. Simplemente felices, en su decadencia, en sus sueños frustrados. Sin altibajos, establecidos en una zona de incertidumbre reducida haciendo lo que ellos siempre han querido o lo que quieren a cada momento. Y, por el contrario, esos personajes que aparecen como exitosos al comienzo, poco después acaban explotando, hundidos por esos sueños también frustrados. Todos en el mismo punto, porque en realidad todos somos iguales.

El alcohol nos sobrevuela constantemente, anunciándose como antídoto de la auténtica identidad. Bebe, refúgiate y olvídate de qué es lo que soñaste en algún momento porque, evidentemente, será algo estúpido, imposible, ridículo. Olvídate de quien eres porque a nadie a tu alrededor le importa o, lo que es peor, está fuera de esas barreras. Mason Sr., en la escena en la que frena el coche para hablar con sus hijos, quienes están perdidos porque no saben cómo hacerlo, despierta en ellos ese instinto, que ya como adolescentes casi han perdido, de la naturalidad. Hawke casi les tienes que sacar las palabras con sacacorchos hasta que Samantha, con una sonrisa infantil, le dice que así no, que la conversación ha de ser “más natural”.

Entre alcohol sobreviven varios personajes hasta el momento de la explosión de la que hablaba antes. Porque lo que hace ese inhibidor, a la larga, después de encerrar en una olla exprés los sueños, ilusiones y la naturalidad de un “yo” concreto juntos, es arrasar con todo lo que tienen alrededor, con la consiguiente violencia que se encierra en el interior de una olla exprés en marcha.

Sí, pedimos a gritos las barreras o las piden aquellos que no se atreven a soñar en una vida que larga o corta, solo es una. Pero cuidado, por mucho que sueñes es posible que no encuentres lo que buscas. Que pase el tiempo y la vida no te haya dado aquello que querías, porque la vida no se detiene, pero sí los sueños. Tus ilusiones permanecerán, como las fotografías que puedas hacer, pero ni tú ni la vida seréis iguales porque “ahora, siempre es ahora mismo”. Vive, pero no esperes nada a cambio. Sé fiel a ti mismo y no dudes de quién eres a cada instante.

“¿Existe la magia?” ¿Por qué han de responder otros por ti?

 

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