Categoría: Pensar el mundo

Agenda 2030, virtudes y defectos


ODSSin apenas tiempo para evaluar los logros alcanzados sobre lo propuesto hace quince años en los Objetivos del Milenio, la Asamblea General de la ONU abrió el pasado mes de septiembre (2015) una nueva agenda con nuevos y buenos propósitos acerca de los Objetivos de Desarrollo Sostenible que se han de cumplir durante los siguientes tres lustros.

17 Objetivos y 169 metas de carácter integrado e indivisible que abarcan las esferas económica, social y ambiental. Un compromiso común y universal entre cuyos puntos están, además de poner fin a la pobreza en el mundo, erradicar el hambre y lograr la seguridad alimentaria; garantizar una vida sana y una educación de calidad; lograr la igualdad de género; asegurar el acceso al agua y la energía; promover el crecimiento económico sostenido; adoptar medidas urgentes contra el cambio climático; promover la paz y facilitar el acceso a la justicia.

Durante los días 20 y 21 de abril de este 2016 se han desarrollado en Vitoria-Gasteiz las jornadas internacionales: “Un nuevo horizonte común: la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible”. Un seminario abierto a todo el público interesado en conocer el trabajo realizado en el proceso de construcción de la Agenda 2030, así como los retos y los mecanismos para su implementación y seguimiento.

Ya tras la primera de las intervenciones –a cargo de Magdy Martínez-Solimán, Administrador Adjunto del PNUD–, se pudo intuir que el seminario iba a ser un debate ampliado de lo que, probablemente, se propuso y discutió durante la creación de la Agenda 2030. Un debate multicultural y multisectorial, dentro de la cooperación internacional, en el que, si bien, existen puntos de confluencia, hay otros en los que todavía se producen fricciones que dejan con un sabor agridulce a todos los asistentes a las jornadas.

Magdy Martínez inició su ponencia tratando de crear un contexto general sobre el tema a tratar. Y lo hizo abordando uno de los puntos con los que todos los conferenciantes estaban de acuerdo: La universalidad de la agenda. Sí, se ha producido una mejora en la redacción de los objetivos descritos en la agenda del año 2000 con respecto a los nuevos, del año pasado. Uno de los ejemplos a los que se refirió era que ya no se habla de “reducir la pobreza” o “erradicar la pobreza extrema”, sino que se habla de “erradicar la pobreza por completo”. El administrador adjunto del PNUD reseñó también que la agenda es “indivisible” y no se debe categorizar porque “todos somos uno”, refiriéndose a los nuevos y altos índices de pobreza en países desarrollados. “La agenda se dirige al corazón de un modelo de desarrollo insostenible”, apuntó.

A este respecto, en el que la universalidad parece que borra fronteras, Javier Surasky, miembro de Together 2030, quiso aclarar, en la medida de lo posible, el concepto de “Sur”. “¿Qué es el sur?”, preguntaba a los asistentes, para responder de inmediato que “sur son todos aquellos países que, históricamente, no han tenido capacidad para definir las variables y establecer las normas sobre el orden global del mundo”.

Una vez aclarado el término, trazó su marco particular sobre los nuevos Objetivos de Desarrollo Sostenible, afirmando que es necesario un contexto mucho mayor del que ofrece la Agenda 2030, ya que dentro de la misma agenda se confunden los objetivos con lo fundamental, que son los principios –No dejar a nadie atrás; Responsabilidad común pero diferenciada; Universalidad e interdependencia–.

Para Ana Inés Abelenda, de AWID, esta agenda es “la base sobre la que construir algo mucho más ambicioso”. El problema recae en la condición de voluntaria, porque provoca que llevarla a cabo dependa de los estados. Abelenda se mostró insatisfecha por esa “falta de ambición” y “ceguera” del proyecto, afirmando que se trata de “una oportunidad perdida para atacar las verdaderas causas de la pobreza”.

“Habría que buscar perchas donde colgar la obligatoriedad que ahora no tiene la agenda”, indicaba Daptnhe Cuevas, durante su intervención. Cuevas, miembro del grupo principal de Mujeres de NNUU, manifestó la importancia de comprometer agendas difíciles y ambiciosas para luego poder presionar con ellas y poder llegar a hacer efectiva la implementación que es “la tarea más difícil”.

En este punto, Javier Surasky se refirió a la difícil situación y organización entre los dos tipos de agendas que existen: Las de largo plazo, como puede ser la Agenda 2030, y las agendas de emergencia. Ambas poseen una única financiación que se han de repartir. Pero, “si se acomete una emergencia, la agenda a largo plazo ya no se va a poder cumplir. Si se acomete la agenda a largo plazo, no se llegan a las emergencias”, explicó.

En ese tema, el de la financiación, llegó el punto de mayor fricción entre los ponentes. Magdy Martínez-Solimán, defendió la intervención de capital e inversiones privadas como método para encontrar medios económicos que ayuden a la implementación de los objetivos de la agenda. Y es que solo contempla dos opciones: “o se retrasa la implementación o se recurre a la empresa privada como responsabilidad compartida, entre ellas y los gobiernos”, comentó. Su argumentación también incluía la posibilidad de que en un escenario futuro, los bancos de los países BRICS, jueguen una baza importante en la ayuda al desarrollo al tener, ahora mismo, un exceso de liquidez al que tendrán que dar salida en algún momento.

Sin embargo, para Ana Inés Abelenda la excesiva dependencia de la inversión privada no tiene que ver con la falta de fondos, sino, más bien, con “la dificultad de los estados de manejar dinero público”. A este respecto hizo referencia a los Papeles de Panamá y a la pregunta de si, en realidad, ¿existe una gran connivencia global para expoliar a los países más vulnerables?

Leida Rijnhout, miembro del European Enviromental Bureau (EEB), apoyaba la tesis de Abelenda, argumentando que no se trata de una cuestión de dinero. Es una cuestión política de redistribución. “No es necesario para nada el sector privado. Ellos solo quieren ganar dinero”, dijo, antes de añadir que: “las empresas solo deben preocuparse de pagar impuestos y seguir las reglas”.

Dentro de este debate, que también incluyó la variable medioambiental, hubo un punto en el que todos los ponentes estuvieron de acuerdo: lo crucial de la presión social en los próximos años.

Ana Inés Abelenda dejaba claro que esa presión depende del espacio Nacional y Local, haciendo distinciones entre lo que se puede llegar a hacer en Europa o en países como Siria. Magdy Solimán ve también dificultades en los países de renta media, como México, donde los esfuerzos centrados en la seguridad ciudadana se comen al resto de preocupaciones. Por otro lado, Surasky ve peligro en el acomodamiento en los dos terrenos –Norte y sur–, a pesar de la escasa ayuda que se presta en estos momentos. Pero, aún con todo eso, Leida Rijnhout siente que el optimismo es una obligación.

“Las agendas se crean por la movilización social. Si la pobreza desaparece, será por la presión social. Los entes públicos encontrarán la forma”, afrimó Solimán.

“El cambio no se espera de la filantropía, ni de los estados, ni de la empresa privada. Se espera de la Sociedad Civil”, argumentó Surasky.

“Sí, la Agenda 2030 no es más que un trozo de papel, pero es un papel que sirve como referencia para la Sociedad Civil y para cualquier organización sensible a los Derechos Humanos”, expuso Ana Inés Abelenda.

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Ya no tienen miedo


images.duckduckgo.comYa hace más de un año que visité Palestina, Cisjordania en concreto, pero recuerdo muy bien una de las primeras impresiones que tuve nada más llegar allí: la resignación de los palestinos frente a su presente y su futuro inmediato. Después de meses preparando intensamente el viaje con lecturas, documentales y todo el material que caía en mis manos sobre el conflicto palestino-israelí me quedé desolado al comprobar lo sencillo que era todo en realidad. Solo había que responder a una pregunta: ¿Por qué Israel no acaba con los palestinos de una vez por todas en lugar de ir poco a poco?

Nada de lo que ocurre en los territorios palestinos es ajeno al ojo omnipresente de Israel. El estado sionista juega con las vidas y la dignidad de los palestinos. La pobreza, la inanición, el aburrimiento, la dejadez, las muertes… todo allí es fruto de lo que Israel concede o requisa. Entonces, ¿por qué prolongar ese sufrimiento a la población palestina si puede conseguir lo que quiere en un par de horas –apurando mucho-?

Después de cada conversación o entrevista que tuve en ciudades como Ramalla, Hebrón, Nablus… siempre intentaba contestar esa pregunta: ¿Por qué Israel no acaba con todo de una vez? Las respuestas siempre eran las mismas y no me sorprendían dada su lógica: Israel lo hace de poco en poco por temor a una respuesta internacional.

Esa respuesta “lógica” me sirvió durante un año, pero hoy las cosas han cambiado. Del 2013 al 2014 ha ocurrido algo importante al tiempo que acontecía otra de forma global. La crisis económica o civilizatoria o como se la quiera llamar ha dado paso a algo muy importante: nuestro silencio. Y eso, desde mi punto de vista, es fundamental para explicar lo que sucede en Gaza hoy en día.

Es probable que el asalto democrático al que estamos asistiendo en países como Grecia, España o Portugal por parte de las élites financieras y políticas se haya visto espoleado ante la falta de respuesta por parte de nosotros los ciudadanos. Esas élites son como niños que han perdido el miedo al agua, a la bicicleta o a los gatos ante la falta de riesgo una vez controlado el factor disonante. Si nadie les pone límites irán hasta lo más profundo que puedan, lo más lejos que puedan y harán rabiar al gato siempre que este no les arañe. No tienen miedo a lo que tienen delante: no nos tienen miedo. Al menos, no a la sociedad que somos ahora.

EEUU, ni ningún otro país, ya no puede erigirse como policía mundial e Israel lo sabe. Israel también ha perdido el miedo. La respuesta que me daban los palestinos sobre la razón porque no acababa con Palestina de una vez ya no es válida. Existirán otros motivos, pero ya no es el miedo el que contiene a Israel.

Afortunadamente Gaza, y el pueblo palestino tampoco tiene miedo. O el miedo que sienten no le paraliza. Otra de las cosas que comprobé en mis semanas en Cisjordania fue que a pesar de estar poseídos por una fuerte resignación, los palestinos nunca iban a dejar de luchar. Hasta que les quede un soplo de aliento nacerán dos niños por cada uno que sea asesinado y edificarán sus casas el doble de alto por cada piso que derriben. O esa es mi impresión. Tienen la libertad de saber que su futuro, si nadie les ayuda, ya está escrito. Pero me pregunto, ¿cómo de improvisado será el nuestro si no nos ayudamos mutuamente?
Artículo relacionado: Entrevista a Jorge Ramos Tolosa

Hondas palestinas contra el Ejército de Israel


palestinaLos jóvenes palestinos se rebelan contra las políticas de ocupación de Israel. Sin embargo, los ánimos no están altos tras años de opresión en los territorios ocupados.

Por: Kike Gómez

En la plaza central de la Universidad de Bir Zeit, un recinto que no tiene nada que envidiar a los mejores campus europeos, resuenan las voces con las que unos trescientos estudiantes, reunidos en círculo, expresan argumentos a favor de los presos políticos encarcelados en la prisión de Ofer, el único centro penitenciario israelí construido en territorio palestino.

Una vez que concluye el acto, los estudiantes se dirigen hacia los autobuses gratuitos que les llevarán hasta la prisión, para seguir con sus protestas. Cubiertos con sus kufiyyas, en las ventanas de los autobuses solo se reflejan los ojos de los jóvenes encendidos de emoción, al ver como unos metros más allá se levantan columnas de humo negro, procedente de varios neumáticos ardiendo, y estelas de color blanco que corren por el cielo como estrellas fugaces, lanzadas desde los límites de la prisión por las tropas israelíes.

Los manifestantes no tardan en descargar las hondas, una y otra vez, en dirección a los soldados. Durante más de dos horas se suceden los golpes, los gritos y las carreras ante los disparos de balas de goma, gas y munición real.

Algunos estudiantes no acuden a la manifestación, prefieren charlar a la puerta de su facultad; esa batalla no va con ellos: “Sólo quiero terminar mis estudios y marcharme de Palestina”, explica una alumna de ciencias políticas arropada por su grupo de amigos, entre los que hay diversidad de opiniones: “Si los judíos siguen tratándonos como animales, habrá infinitas intifadas”, responde otro intimidado por la pasividad de sus colegas. “Hasta que Alá quiera, no habrá una próxima intifada.
Alá decide”, comenta otra estudiante.

Los jóvenes palestinos

“La tendencia en los jóvenes es la de ser más individualista, pensar en el propio futuro, no en el colectivo”, explica Ala Alazeeh, profesor de Antropología Cultural en la universidad de Bir Zeit. “De forma legítima, como sucede en el resto del mundo”, apunta.

Entre las estrechas calles del campo de refugiados de Al-Dheisheh, en Belén, se encuentra el Centro Juvenil para el Desarrollo de la Comunidad, LAYLAC. Naji Owdah, su director, argumenta lo ocurrido en Palestina desde la primera intifada, en 1987, como un círculo que se retroalimenta: la mala economía; los mártires; la enorme cantidad de prisioneros políticos; los colonos y los chekpoints desgastan a la población. Ésta se rebela y empieza la guerra, lo que aumenta el dolor drásticamente. Pronto se suceden las negociaciones para acabar con esa situación. Se llegan a acuerdos económicos que los cansados ciudadanos aceptan a pesar de considerar insuficientes.

Esa debilidad de compromisos vuelve a traer más corrupción, más problemas… La guerra vuelve a estallar; “Pero, ahora, ¿qué puede ocurrir cuando ves a diario la podredumbre política? ¿Qué piensan los palestinos a los que roban y echan de sus casas?”, explica Naji, “El problema hoy es: ¿contra quién dirigir todo ese enfado?”.

Las protestas se suceden: manifestaciones en Ramala contra la política económica; en Hebrón contra los asentamientos; en la prisión de Ofer, por la situación de los presos políticos… Pero ninguna llega a cuajar en una gran explosión social.

“Para que haya una tercera intifada se tienen que dar a la vez tres premisas: un buen líder, una reacción muy fuerte y que esta sea apoyada por toda la población. Hoy no se da ninguna”, explica Omar Saleh, profesor de la Universidad Tecnológica de Nablus.

La muerte de Yasir Arafat en 2004 dejó huérfanos a muchos palestinos que ahora no encuentran una figura representativa. Las ONG colonizan el país, en una “segunda ocupación”, la mayoría de sus fondos “no llegan a la población que los necesita”. “Los palestinos estamos desamparados en manos de los EE UU.”, explica Saleh.

La miseria de la ocupación

Balata, en Nablus, es el campo de refugiados más poblado de Palestina. En apenas un kilómetro  cuadrado conviven más de 27.000 personas. Los edificios se concentran, dejando apenas espacio entre las callejuelas. El centro médico es atendido por tres doctores que se reparten toda la población. El paro general es del 46%; y asciende al 74% en jóvenes por debajo de los 29 años. Sus callejuelas están atestadas de gente desocupada, de comercios que día a día van cerrando y que carecen de una mínima higiene.

“Los jóvenes se pasan años buscando trabajo y no lo encuentran. Sin dinero no pueden casarse; la religión musulmana prohíbe el contacto de las parejas antes del matrimonio. ¡Los jóvenes carecen incluso de la posibilidad de tener sexo!”, exclama Mahmoud Subuh representante del Centro Cultural de Yafa. “Viendo esto se puede comprender por qué nos volvemos locos”, explica.

Después de prender su tercer cigarro, Mahmoud se relaja evocando la figura de Espartaco y el Che Guevara y las circunstancias que les llevaron a revelarse. “En realidad, la tercera intifada ya está ocurriendo. A más pobreza, más radicalidad. Con la opresión, la gente queda fuera de control”, apunta entre el humo del tabaco. “A pesar de eso, yo rezo porque no ocurra. Si la tercera intifada estalla, ese odio lo destruirá todo”.

El estado de ánimo en la sociedad palestina es pesimista. Los cientos de kilómetros de muro que los israelíes no cesan de ampliar tapona su futuro. Unos planean marcharse en cuanto tengan oportunidad; otros imploran porque no estalle la revolución; el resto reza por lo contrario. “Los palestinos estamos dramáticamente inestables. Por eso, en cualquier momento y lugar puede empezar una nueva intifada”, indica Mahmoud Suhut.

Publicado en Diagonal

El Informe Lugano II – Susan George (Reseña)


imagesPor Kike Gómez

Publicado en 1531, “El Príncipe” de Maquiavelo, dedicado a Lorenzo II de Medici, se convirtió en una guía para el pueblo llano, con la que conocer la estrategia que la monarquía y las élites dominantes seguirían para mantener el poder de forma “vinculante y eterna”[1].

Pero si la idea de Maquiavelo era esa -dotar a la masa social de la capacidad consciente para revelarse en contra del autoritarismo-, el tiro le salió por la culata, ya que han sido muchos los hombres de negocios y financieros los únicos que supieron aprovecharse de esos consejos en forma de libro, sin que el pueblo supiese organizarse, ni revelarse.

Este año 2013, casi 500 años después, apenas comenzado el siglo XXI, aparece una nueva obra “maquiavélica” camuflada en forma de un informe ficticio llamado: “Informe Lugano II”. Es la segunda parte de un informe encargado por las élites dominantes del mundo occidental, en el que se preveían muchas de las situaciones a las que la sociedad capitalista ha llegado a día de hoy, así como la situación explosiva del medio ambiente o la fragilidad de las democracias y el Modelo Ilustrado (MI). Su intención era responder a la pregunta: ¿Cómo conseguir perpetuar el modelo neoliberal capitalista?

En este nuevo informe se procura dar respuesta a otra pregunta: ¿Cómo superar la crisis sin que se debilite el dominio de las élites capitalistas? Por lo tanto, con Informe Lugano II se completa, también, la segunda parte, actualizada para el siglo XXI, de ese libro publicado en 1531, escrito por Maquiavelo.

Lectura obligatoria para quienes quieran conocer cuál es la deriva de los procesos agresivos que se están dando contra el estado del bienestar, las democracias y las libertades conseguidas tras la época de la Ilustración, para dejar paso al nuevo Modelo Elitista Neoliberal (MEN).

Si quieren tener éxito, si no quieren una masa enfurecida, encolerizada e imprevisible deben dejar de lado las políticas agresivas y dar paso a una camuflada estrategia de “Pan y circo” moderna, en la que las manifestaciones en contra del sistema sean lo más fragmentadas posibles –medio ambiente, homosexualidad, nacionalismos, sanidad, educación, paro…-, cumpliendo la nunca perecedera máxima de: Divide y vencerás.

La sociedad debe ser consciente, como mínimo, de cuánta libertad quiere y de qué calidad. O lo que es lo mismo, de cuanto pan y cuanto circo está dispuesta a tragar asumiendo las consecuencias. Este libro, al menos, debería servir para ello.


[1] Denominación de Angela Merkel al “Tratado de estabilización, coordinación y gobernanza” en la UE.

Presentación en el Ateneo de Madrid con Iñaki Gabilondo

 

Teatro Romano Nablus


Teatro Romano de Mérida
Teatro Romano de Mérida (Photo credit: Wikipedia)

Arqueología para el presente

El teatro romano de Nablus (Cisjordania), datado del siglo II a.C., se encuentra en un estado de abandono similar al de la propia población palestina

Kike Gómez

Si estuviésemos jugando a esa técnica psicológica de las asociaciones de palabras —muy divertida por otra parte—, en el momento en que apareciese la palabra Mérida, la gran mayoría respondería un rapidísimo teatro o teatro romano si el que responde suele jugar al trivial también. Si el juego continuase y saliese la palabra Nablus, pocos acertarían a responder algo, y los demás recriminarían al que la hubiese propuesto que utilizase palabras que no existen o cultismos que apenas nadie conoce. Si en su lugar se presentase la palabra Palestina, el abanico de posibilidades de respuesta sería mucho mayor; por ejemplo: piedras, guerra, Israel, terrorismo… Cualquier cosa de esas valdría ante la idea de un país, de un territorio o una tierra de la que se desconoce casi todo, a pesar de estar continuamente en boca y tinta de periódicos y televisiones.

Volviendo a Nablus, muy pocos saben que bajo esa falsa palabra inventada o ese cultismo extraño, se esconce el nombre de una de las ciudades más grandes de Palestina. Las calles de esta ciudad, situada al norte de Cisjordania, se asientan sobre restos del periodo otomano y también sobre los restos de sus fundadores: los romanos. De esa época, como Mérida, Nablus alberga un teatro justo a la salida de su casco antiguo o ciudad vieja.

En Nablus es casi imposible encontrar un mapa con el que rastrear las callejuelas de zoco o seguir la pista de los lugares de mayor interés turístico como puede ser el teatro. Si tenemos suerte y nos hacemos con uno, lo difícil será encontrar el cartel con el nombre de las calles colgados en las esquinas. Si persistimos en la búsqueda y preguntamos a los vecinos, las indicaciones serán imprecisas, pero poco a poco nos iremos acercando al punto caliente.

Para poder visitar el Teatro Romano de la ciudad extremeña se necesitan 12 euros, seis si es entrada reducida. Suficiente dinero con el que podríamos entrar al cine con unas palomitas, ir a tomarnos un par de copas o, quizá, pagar un menú extra grande de cualquier franquicia de comida rápida; pero esa misma cantidad convertida a la moneda que se usa en Palestina —unos 60 shequels—, supone una suma más importante. Se transforma en lo bastante como para alimentar a una familia de Nablus durante una semana, con su dieta habitual de fruta, arroz y verduras.

En Europa, —salvo excepciones como España— se ha invertido mucho dinero para recuperar piedras, huesos, edificios apenas reconocibles… procurando mantener en la memoria de las nuevas generaciones todos los periodos pasados de su historia. Un pueblo que no se preocupa por su pasado no tiene futuro, es lo que nos decían, lo que dicen muchos libros. Sin embargo, la puerta del teatro romano de Nablus es apenas visible para el turista que quiere llegar hasta él, camuflada tras la carrocería de viejos coches polvorientos. La verja que cierra el acceso recuerda a la de un corral de vacas abandonado, o uno que espera el regreso de los animales después de su tiempo de pasto. Después de empujar el hierro oxidado el espectáculo es desolador. Las columnas y arcos, que en Mérida todavía se yerguen al cielo, se esconden entre los rastrojos y la vegetación que crece libremente entre restos de capiteles. Se hace difícil caminar entre los vestigios de una cultura de la que se pueden leer algunas inscripciones perfectamente marcadas sobre los guijarros.

El teatro romano de Nablus es un tesoro arqueológico datado del siglo II a.C. Unos 150 años más antiguo que el teatro de Mérida. Menos espectacular, peor conservado pero, aun así, una joya para la humanidad.

Con un poco de imaginación, sentado donde en otro tiempo lo pudo estar algún romano palestino con su toga, se puede reconstruir piedra a piedra un edificio similar al que acoge las fronteras de Mérida y del que tanto presume. Sentado unos minutos más, bajo el revoloteo de los aviones militares israelíes en misión de observación —lo único que altera la paz allí—, se puede percibir el evidente abandono de esa magnífica huella de la evolución de la historia y, también, de la precaria situación en la que vive parte de la humanidad, del olvido de ciertos pueblos que transitan con dificultad por el siglo XXI.

Observando el descuidado recinto puede dar la sensación de que el pueblo palestino no quiere recordar de dónde viene, que prefiere dejar su pasado para que se lo coma el viento, el sol y la lluvia, que  lo oculten las malas hierbas; pero también es posible que la razón de la desidia a la que está condenado un lugar, que en otro país sería punto turístico principal, sea consecuencia de la dificultad que tienen los palestinos para reconocerse en el propio presente.

Fotos del Teatro Romano de Nablus aquí

¿Qué ocurre en Siria?


El cenagal sirio

mapa-israel-egipto-libano-jordania-iraq-iran-turquiaEn el auditorio de la Casa de Cultura Ignacio Aldecoa de Vitoria-Gasteiz, el 19 de noviembre, Jesús Antonio Núñez Villaverde, coordinador del Instituto sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH), desarrolló un exhaustivo análisis sobre el conflicto que se está desarrollando en Siria desde marzo de 2011, dentro de lo que se ha dado en llamar “La primavera árabe”. Concepto que para este exmilitar resulta un tanto cómico, por paradójico, y es que todas las revueltas surgidas en Egipto, Túnez, Libia, Bahréin o Yemen prendieron su mecha en época invernal u otoñal. Además, aclara, que de los 22 países que forman la Liga Árabe, sólo 4, han conseguido derrocar sus dictaduras, con lo que para Villaverde, ese panorama no vive una etapa muy “floreciente”.

Para contextualizar un poco, Villaverde afirmó que la región es un caldo de revueltas que periódicamente surgen al calor de necesidades o demandas socio-políticas por parte de la población. En este sentido, la revuelta que se ha iniciado en 2011 se diferencia por su carácter, y es que la población no se muere de hambre o sed, ni siquiera claman en nombre de Alá; sino que lo que desea es el cambio político (como en los años 80), libertades, para derrocar a los dictadores que detentan el poder desde la descolonización tras la II Guerra Mundial. Estas movilizaciones tienen una característica importantísima: su carácter pacífico. Toda la violencia que se muestra en los conflictos la aportan los regímenes. “El problema es que a la violencia le contesta la violencia”, dice Nuñez Villaverde.

SIRIA

Es un invento francés, por lo tanto artificial, resultado de un acuerdo entre la propia Francia y Gran Bretaña con el que se dividía la región, de la que extraían Líbano (una zona con 18 religiones confesas). Para cualquier sirio, el Líbano sigue siendo parte de su territorio.

Para entender la situación hay que conocer las religiones allí existentes:

            –Suníes: (Tradición – Islam) La autoridad está en el libro y su interpretación es comunitaria.

        –Chiíes: (Se separa de la tradición) La interpretación del texto es codificado y no autoevidente. Hace falta un Ayatolá que lo interprete.

           –Alauíes: El alauismo cree en la llegada del Mesías (Al Mahdi, el duodécimo imán) al igual que el chiismo, con el cual comparte muchas prácticas y creencias.

           –Drusos: siguen patrones sociales muy similares a los de los árabes. La mayoría de los musulmanes de la región no los consideran musulmanes, aunque ellos defienden que su religión es islámica. La mayor parte de los drusos se considera árabe, no así algunos drusos israelíes.

            –Kurdos: los kurdos son en su mayoría musulmanes suníes, aunque una importante minoría todavía sigue la religión tradicional kurda, el Yazidismo.

            –Cristianos

Ahora bien, en Líbano existe un 70% de suníes y un 15% de chiíes, dejando el tanto por ciento restante para el resto de religiones.

En Siria el porcentaje de suníes es del 70% pero, sin embargo, el gobierno es chií. Esta es la clave del conflicto. El régimen no está solo, sino que está apoyado por las minorías que temen una mayoría suní. Además, ahora que es importador de petróleo y sufre una grave sequía (Altos del Golán, terreno donde está el agua, ocupado por Israel), el comercio apoya al régimen.

Entonces, pregunta Villaverde, ¿por qué no se interviene en Siria? Porque no interesa que el régimen se venga abajo, todos dicen: Veamos qué pasa.

¿Cuál es la postura del régimen entonces? Resistir a toda costa. Morir o matar. Bashar al Assad tiene un ejército muy poderoso y una policía de inteligencia muy entrenada, además de la milicia ciudadana con un exhaustivo conocimiento de quién es quién. Así, matando de poco en poco, da el mensaje y evita a la comunidad internacional.

En cuanto a los rebeldes, tratan de crear una oposición unificada que no se consigue. El Consejo Nacional Sirio, fue un fracaso al tratarse de disidentes que llevan fuera del territorio más de treinta años y que por lo tanto nadie conoce. La última tentativa, una nueva coalición, ha sido acusada de ser un instrumento de Washington.

INTERESES EXTERNOS

Los apoyos al régimen:

            –Irán: es un país Suní. Está ante su oportunidad para colocarse como líder de Oriente Medio.

        Rusia: apoya al régimen porque lo ve como un peón en el tablero contra Israel-EE.UU. Además, es un buen cliente de armas y, lo más importante, tiene su única base en el mediterráneo en Tartus. A Rusia solo le mueve el interés; no le importa que gobiernen suníes o chiíes.

Los “no” apoyos al régimen vienen de:

            –EE.UU (Europa): busca mantener la estabilidad en la región y que no afecte negativamente a Israel (enfrentada con Siria por la parte de los Altos del Golán en territorio Sirio). Además no puede empantanarse otra vez como le ha sucedido en Afganistán o Iraq. Por esta razón occidente no va a intervenir y también, por este motivo, al Assad tiene licencia para matar indefinidamente: “a ver quién se cansa antes”.

       –China: no quiere sentar precedente y así evitar que se metan en sus asuntos internos (Xinjiang, provincia musulmana e independentista que está siendo reprimida).

Los que están en contra del régimen:

            –Arabia Saudí: Es el principal líder Suní.

           –Turquía: que también es una potencia emergente Suní y no les gusta la idea de ver a Irán como líder de la zona. En todo caso una Siria Suní.

            –Qatar.

Si la oposición logra unirse, estos tres países alimentarán a los rebeldes. EE.UU también se unirá a este apoyo para comprobar si con eso -nuevo gobierno- es suficiente para no desestabilizar la zona. Despertar Siria significaría despertar el conflicto Kurdo y aumentar, por tanto, la dimensión del problema.

CLAVES

            -Oriente Próximo y Oriente Medio tienen las 2/3 partes de petróleo y ½ del gas mundial. Por lo tanto, esta región es una mina en cuanto a las fuentes energéticas, pero también una vía de tránsito para hacerla llegar a occidente.

            -EEUU (Europa) no quiere que el conflicto en Siria se convierta en un efecto dominó. De ahí sus reticencias a intervenir.

            -Oposición dividida en Siria, y Gobierno apoyado por las minorías que temen a la mayoría Suní.

            -Objetivo del Gobierno de al Assad: resistir a toda costa.

            -Se puede hacer un paralelismo del enfrentamiento ideológico Suní-Chií con el de los católicos y protestantes.

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De la globalización a los nacionalismos


Por: Kike Gómez

El movimiento antiglobalización o altermundista, allá por la década de 1990, nos mostró la perversión de los objetivos de las multinacionales, la agresividad de sus movimientos de comercio a lo largo y ancho del mundo explotando trabajadores, contaminando mares, ríos y océanos o bombardeando el aíre con químicos perjudiciales no ya solo para la raza humana, si no para el resto de la biodiversidad del planeta. Advertencias con las que hizo patente que los problemas que nos  atenazan, a cualquiera de nosotros, dejaron de ser locales. La antes manida frase de: ante un mundo tan gigantesco y complicado lo único que puedo haces es procurar el bien a mí alrededor, dejó de ser válida y eficaz desde entonces.

Nuestro planeta necesita que empecemos a tener conciencia global de nosotros mismos y de nuestros problemas, que son los de todos. Tratar de buscar la vía fácil y rápida de replegarnos en nuestro espacio, no es la dirección que piden los tiempos. Es posible que siempre haya sido así, pero hoy en día las posibilidades de comunicación y actuación de la red, nos deja sin excusas para eliminar de nuestra conciencia ese egoísmo.

El estado español, en lo que se ha dado en llamar como España, surge como tal en la segunda mitad del siglo XIII a través de el rey Alfonso X el sabio. Anteriormente existieron el Estado romano, el visigodo y el andalusí[1]. En este espacio peninsular existe una casuística muy particular para ejemplificar lo expuesto anteriormente. Los nacionalismos, que llevan décadas promulgando su autodeterminación, muestran ese tipo de egoísmo ¾a pesar de todo comprensible¾ que olvida que, de forma indeleble, su pasado como nación ya contiene rasgos inconfundibles y aprovechables de lo que ellos ven, no sin razón en muchos ejemplos, como un represor.

La época franquista, sin lugar a dudas, supuso una persecución para todo aquello que no figurase dentro de sus cánones fascistoides del Estado Español nacional. Acabó con la diversidad que debía ser enriquecedora de las comunidades que hoy reivindican su independencia. Pero no solo eso, también supuso una sacudida en contra de todos los que no pensaban como ellos, independientemente de haber nacido en Bilbao, Barcelona o Madrid. En esos años hubo tiempo para que surgiesen agrupaciones, terroristas incluso, que se revelaron contra el régimen que coartaba la libertad de pensamiento y, por tanto, de expresiones culturales, artísticas e intelectuales.

Lo que vino después, tras la muerte del dictador, fue un adoctrinamiento enfrentado. La delegación de las competencias en educación a las comunidades autónomas supuso, y quizá afortunadamente, que desde el País Vasco, Cataluña, Galicia, etc., se difundiese la represiva y adoctrinadora imagen del concepto España, ya por fin, sin censura. Una imagen que, bien es cierto, se había ganado a pulso un ente que pretendió eliminar las raíces culturales, idiomáticas, etc., de las naciones expuestas. A pesar de todo, con este sistema educativo, cabe hacerse la pregunta de si no apareció, desde dentro, una nueva casta, una  élite reducida, que supo leer bien la coyuntura y aprovechar la oportunidad de continuar con sus privilegios a base de promulgar un nacionalismo que, una vez con el poder en la educación, además de explicar los años represivos con los que ganar votos, olvidase contar, deliberadamente, qué fueron esas naciones, con quiénes tuvieron contacto y qué provecho sacaron de ello en los siglos precedentes a la modernidad. Es posible que fuese así, pero no solo en los espacios que reivindicaban la autodeterminación. Las reformas educativas surgidas durante el post franquismo no resultaron ser integradoras en ninguna del resto de comunidades autónomas, donde se seguía proclamando la imagen arcaica y deformada de España: « una, grande y libre». Con todo ello, el enfrentamiento ideológico estaba servido.

Fermentado durante décadas, parece llegar a su punto álgido en este comienzo del siglo XXI, aun con visos de ser un tema longevo. Las dos o tres «españas», no separadas por fronteras sí por ideologías, quedan divididas por su poca capacidad de raciocinio. Cuando desde pequeños nos dicen qué es lo que debemos pensar, ese planteamiento se convierte en una creencia. Una creencia que se hace casi imposible de romper o de borrar si no se apela al sentido común. En los tiempos de crisis en que vivimos esto aún se hace más difícil, por el hecho de que ese enfrentamiento se acrecienta al echarnos las culpas unos a otros de todos nuestros males, sobre todo económicos —otro de los errores modernos es reducirlo todo a términos o conclusiones económicas—.

Cualquier proceso represivo es reprobable y hay que luchar contra ello; sin duda. Estos procesos pueden durar años, como ha sucedido en España. Tiempo suficiente para que el nuevo pensamiento cuaje en la mentalidad de las nuevas generaciones procurando que lo aprendido desde la cuna forme parte de la historia y vida de los nuevos individuos de forma inalterable.

En un tiempo tan largo, por negro que sea, existen cosas aprovechables y otras muchas deleznables. Una persona inteligente, con sentido común, mirando el pasado con frialdad y tratando de comprender los hechos, no rechazaría de pleno las aportaciones positivas, a pesar de que procedan de oscuros pasados. De hecho, hoy seguimos usando coches Volkswagen —creados por el nacismo en Alemania—, el castellano en Cataluña o País Vasco —lengua que se supone invasora, incluso para los propios españoles, ya que desciende del Latín—, e incluso en países de América Central y  del  Sur. Un ataque indiscriminado contra el ente opresor es un ataque descerebrado contra la propia historia, contra el propio individuo. Esto no es una defensa a las políticas asesinas de Franco. No tiene nada que ver. En Alemania se prohíben símbolos Nazis, en ex repúblicas soviéticas (como Polonia) los símbolos comunistas. Cualquier simbología franquista debería desaparecer, pero no por ello hacer borrar del mapa las carreteras, aeropuertos o pantanos que se construyeron bajo su mandato.

Esa batalla ideológica es ridícula en el interior de un territorio compartido. Ha sido inducida y azuzada desde los ministerios de educación y cultura de los últimos treinta años. Es lógico, por tanto, que hoy en día cualquier castellano que vaya a Cataluña se pueda sentir agredido, como los catalanes se puedan sentir cuando vayan a Madrid. Nuestros gobiernos han obviado recordarnos –quizá ellos han querido olvidar—  que la historia es cambiante, que la historia está caracterizada por el mestizaje y el aprendizaje mutuo entre «diferentes», entre vecinos de un planeta finito. Nuestros ministros de educación nos han enfrentado, cuando ya, después de 800, o los años que sean, formamos parte de una misma cultura.

El error también es nuestro. Tampoco hemos sido capaces de darnos cuenta de que luchamos contra el mismo enemigo: la ignorancia; y que sus cabecillas son los mismos para todos. Es normal que hoy catalanes, vascos, canarios o andaluces quieran pelear por su cuenta apelando a culturas ancestrales y excluyentes que no hacen más que negar parte de su ser y su cultura —lo quieran o no —.

La globalización procuró unir el mundo con estrechos lazos que borrasen las distancias y las diferencias. Crear un mundo homogéneo. Hoy, una vez que la globalización pierde fuerza, que los ataques contra las democracias se hacen evidentes y desvergonzados, nosotros, los pueblos, nos volvemos a equivocar y escondemos la cabeza debajo del ala más cercana, buscando la salida más fácil y reducimos nuestras fuerzas a la mínima expresión. Los nacionalismos surgen con fuerza pensando que lo único importante es que yo —mi nación— me salve. Pero eso ya no vale. No podemos engañarnos. Los problemas de uno, hoy, son los problemas de todos. El mundo, para salvarse, necesita de unión y mestizaje, de cooperación y solidaridad entre los pueblos.

En los últimos meses, en España, se ha producido una criminalización del funcionariado, sin precedentes, acrecentando su fama de vagos e incompetentes para que los ataques contra su calidad laboral sean vistos sin recelo por parte de los trabajadores asalariados, autónomos o parados. Estos  últimos tampoco han salido mejor parados con argumentos parecidos sobre la ayuda de los 400€ que reciben.  También hemos visto cómo la policía se ha sobrepasado en la contención de las protestas de forma descaradamente brutal, enfrentando a los ciudadanos que creen que los agentes son salvaguardas del estado y a los que los ven como una figura represiva. Después, ha surgido el empuje oportunista y demagógico del nacionalista Artur Mas en Cataluña. ¿Cómo es posible que miles de personas sigan a una persona por las calles de Barcelona coreando eslóganes a favor del independentismo y contra las políticas de Rajoy, cuando fue él, Mas, quién las implantó allí primero?

La única respuesta es que el capitalismo, nuestros dirigentes —siempre los mismos erigidos en un clan—, y las empresas y bancos cada vez más ricos, quieren dividir las fuerzas de su oponente para hacerle olvidar cuál es el camino que debería seguir para luchar por un mundo más justo, libre y honesto.

Divide et vince —Divide y vencerás—, es la máxima que parecen seguir en España y en el resto del mundo los malos de esta película que nunca parece tener final.

La globalización, la crisis económica, el ataque a las democracias exigen una acción global no excluyente, regida por el sentido común. Lo primero es no fragmentarnos, no dejar que nos dividan. Reunir fuerzas y empezar a pensar más con nuestra propia cabeza, con nuestros medios, en lugar de hacerlo a través de los sistemas de comunicación de masas y adoctrinamiento. Es normal que todos quieran abandonar un barco que se hunde; tonto el último. Pero, ¿porqué no nos amotinamos todos juntos contra el patrón inepto que lo gobierna?


[1]    Félix Rodrigo Mora. El giro estatolátrico. 2011.

         Imagen de Miguel Brieva